DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (Argentina 1811 - 1888)

Recuerdos de provincia (fragmento)

"Las publicaciones periódicas son en nuestra época como la respiración diaria; ni libertad ni progreso, ni cultura se concibe sin este vehículo que liga a las sociedades unas con otras y nos hace sentirnos a cada hora miembros de la especie humana por la influencia y repercusión de los acontecimientos de unos pueblos sobre otros. De ahí nace que los gobiernos tiránicos y oriundos necesitan, para existir, apoderarse ellos solos de los diarios y perseguir en los países vecinos a los que pongan de manifiesto sus inseguridades. "

martes, 7 de julio de 2009

EL CIRIO ROJO

La escena en el salón parecía fantasmagórica. Algunos pacientes vestidos con batas blancas caminaban arrastrando sus pies. Calzados con grandes pantuflas, se deslizaban cerca de la pared donde sus alargadas sombras se desfiguraban sobre la pintura blanca del salón. Eran sólo seis. Los demás dormían en sus dormitorios bajo el efecto de las medicinas, de sus propios demonios, de su agotador desvarío.
El personal del hospital recibió el apagón con lúgubre humor. El generador se había estropeado el día anterior, por lo que ya estaban cancelados los tratamientos de shock y operaciones. Y ahora se sumaba este corte de luz producido por las tormentas que arreciaban sobre las afueras de la ciudad.
Parecía imposible que sólo hubieran puesto una vela. Traída de la capilla, alta y ancha, mágicamente rosa, esparcía una llama alargada, que a veces mecía las sombras acunando a los enfermos que se aquietaban con su vaivén y otras se estiraba afinándose y picoteando hacia lo alto del amplio salón, enervando los ánimos de aquellos.
El psicólogo estaba sentado en un rincón con las manos en los bolsillos. El efecto de luz y sombra hacía que su largo cuello y su cabeza calva, sobresalieran exageradamente del delantal, su nariz afinada, larga y curva completaba el perfil.
Conversaba con Fantel, el enfermero de turno, de complexión fuerte, maciza. Sus labios gruesos se extendían hacia adelante al hablar y sus manos gordas y toscas, tenían un cierto parecido a la forma de sus pies calzados con zapatos anchos, redondeados exageradamente en la punta.
Dina estaba cerca de ellos. Siempre que los miraba emitía esa risa aguda y estridente, que yo no oía desde mi puesto de observación, pero que conocía tan bien. Sus dientes finos y alargados brillaban bajo el efecto de la luz mortecina. El médico, siempre con el mismo gesto interrogante en la cara, la miraba indiferente. En cambio Fantel tenía las pupilas dilatadas por el deseo que su risa le provocaba, y por el acomodamiento a la escasa luz...
Simodo, el de la habitación veinte, con su giba deformante, replegó sus cortos brazos y piernas y se tiró en el piso, quedó encogido sobre sí mismo cerca del médico, como buscando instintivo refugio a su temor, ya que Fantel siempre lo acosaba asustándolo con su poderoso cuerpo y abusando de su jerarquía.
Leo, el nuevo de la diecisiete se había acercado de un salto hasta la señora Gesbra, que recelosa y ágil trataba de mantenerse a distancia con sus característicos pasitos al desplazarse. Los lacios pelos entre negros y blancos de ella, contrastaban con los ojos y la abundante y espesa cabellera marrón del muchacho.
Deyanira estaba de pié, estática, contemplando el velón que ahora tenía un profundo cráter rosa. En su interior, un gran lago transparente se agrandaba en el centro sin desvirtuar su nítido contorno. La chica, de figura sin formas y con los brazos colgando a los lados, se mimetizaba con el cirio encendido. El reflejo de sus cabellos rojos irradiaba hacia él, encendiendo el rosa y éste volvía para reflejarse en sus ojos y su bata blanca. Su mirada oscilaba entre el velón y Hércules, ya en franca mejoría, que se entretenía en apilar las mesas y sillas desparramadas por los que se habían retirado a dormir.
Cuando terminó se quedó mirando a Deyanira con ojos enamorados, ella lo contemplaba pudorosa, aunque su mayor atención se concentraba en el velón, donde su mirada ida se dejaba mecer por la llama, como hipnotizada.
Era en esos momentos que Hércules, como protegiendo a Gesbra, observaba atentamente a Leo controlando sus movimientos, atento a intervenir si era necesario.
No había monitores ni cámaras funcionando, sólo podía verlos y mal, a través de la mampara de mi puesto de control en el entrepiso superior. Vaya noche de vigilia me esperaba.
Deyanira siempre de pie, se había interpuesto entre la vela y mi mirada, producía un raro efecto, pues la llama, parecía salir del centro de su cabeza quedando unificadas.
Agudicé mi mirada. Algo mayor a mi comprensión sucedía en el rincón. Me esforcé más, sacudí la cabeza, cerré los ojos unos segundos. Los abrí nuevamente. No podía creer lo que estaba viendo allí abajo.
La cara de Dina se había transformando y reía cual hiena mostrando sus babeantes y afilados dientes. El cuello, la calva y la nariz del doctor eran un gran signo de interrogación, casi un garfio. La libidinosa y riente hiena tenía sujeto al Dr. Interrogo entre sus extremidades, y libaba en su metálico cuello, haciendo realidad sus deseos de poseerlo, de fagocitarlo. Él seguía con las manos en los bolsillos, siempre en su rincón, siempre con su interrogante en la cabeza, aunque ahora lo sacudían pequeños estertores mientras un líquido rojo dibujaba axones y dendritas en su delantal.
Fantel fregaba y chupaba con su alargada trompa el cuerpo de la excitada Dina que seguía emitiendo carcajadas y sorbiendo por el cuello las vísceras del doctor. Las enormes orejas de Fantel se movían abanicando la llama que hacía contorsionar y danzar las sombras.
Simodo seguía replegado, su cabeza no se veía, totalmente metida en su caparazón, sobre él, la terrible pata de Fantel se movía al ritmo de su enorme cuerpo excitado. Éste presionaba más fuerte, complacido y voluptuoso, cada vez que su trompa recorría las intimidades de la complaciente Dina, al fin liberada; feliz, sorbiendo y recibiendo.
El joven León alcanzó a la señora Gesbra que quedó tendida en el suelo moviendo sus patas. Su cuerpo de hermoso pelaje blanco y negro, se cubría de sangre mientras él hincaba sus dientes en el estilizado cuello. La melena y los ojos del león brillaban a la luz de la vela con demencial hambruna. Gesbra ya no se movía. Hércules no llegó a tiempo. Al aproximarse, su cuello iba adquiriendo más volumen, sus venas tensas dibujaban rutas azules en la piel... Desde atrás rodeó con un brazo el cuerpo de la fiera, el pecho al máximo de fuerza. Con el otro brazo, bíceps y tríceps preparados para la acción, retorció la cabeza del joven animal en un solo movimiento. Leo cayó desmembrado, cuerpo y cola abatidos, melena y ojos reflejando aún la luz de la enorme vela ya en a la mitad, consumiéndose.
Deyanira miraba fascinada el velón que, cada vez más rápido, continuaba su danza de picoteo hacia el techo, alargando y extendiendo la llama. Se acercó más. Cuando se sumergió en el profundo cráter, su cabellera roja avivó el fuego y fueron todo cirio, todo lago, toda lágrima rosa, roja.
Desde mi lugar no podía oler ni oír, pero mis sentidos vivían esa sensación acre. Imaginé el grito desgarrado de amor de Hércules que extendió sus manos hacia Deyanira. Ella lo atrajo hacia sí envolviéndolo en su quemante fuego. Escuché sin oír, el crepitar de sus cabellos. La risa de Dina y el grito orgásmico de Fantel. El caparazón de Simodo quebrándose bajo las pesadas patas bailando su danza gozosa. El suave gorgoteo de la sangre de Gesbra y Leo.
Yo estaba horrorizado. En gesto rutinario pulsaba la alarma olvidando el corte de luz.
Vi el último abrazo espasmódico y convulsivo.
Corrí buscando ayuda que no ayudó. Detrás de la mampara, todo era fuego, retorcimiento, crepitar de todos. Todo frenesí, amor, odio, sometimiento, ansia, dolor, liberación.
Los teléfonos sobrecargados. Los bomberos retrasados. Las llamas se extendían. Nubes de humo negro teñían el blanco hospital. Poco quedó de él. Ahora todo era negro, camas, paredes, quirófanos, cuerpos.
Pronto todo fue silencio. ¿Se habrían desprendido los espíritus, o sucumbieron a la locura nuevamente?
Lo que más asombró a los peritos fue que entre los restos calcinados del salón, hallaron dientes, garras y esqueletos de animales. También desconcertó el hallazgo de un extraño garfio sin fundir.
Mi explicación satisfizo a todos, una imprudencia había producido el fatal accidente. Tal vez un rayo. Una fatalidad de la que solo yo y dos enfermeras de turno pudimos escapar.
No había otra explicación.
En mi cordura yo también fui silencio.

16 comentarios:

El Señor de Monte Grande dijo...

Terrorífico, misterioso a rabiar.
Excelente!!!!! Cautivante !!!!

Un abrazo desde MG

tia elsa dijo...

Gua Rosa María que pluma la suya! me fascinó este relato. Te mando un beso afectuoso y con mucha admiración, tía Elsa.

Manel Aljama dijo...

Recreas muy bien el ambiente del manicomio o "sanatorio": "donde sus alargadas sombras se desfiguraban sobre la pintura blanca del salón"
Me parece que en la narración entras en el tema como uno más y sales para mostrar otra vez la visión de yo lo ví pero no estaba aunque sé que estuve.
Me ha encantado.

RosaMaría dijo...

AMIGOS,AMIGA...me alegra que les haya impactado,era la idea, un disparate trágico algo fantasioso y algo creíble.
los abraza con cariño.
rosa

Chela dijo...

¡Que fantasia la tuya! Y que facilidad para narrar.
¡No se puede dejar un renglón! ¡engancha!

Un abrazo desde esta Ciudad en la que nos conocimos.

* HADA ISOL dijo...

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Feliz día del amigo!Un abrazo!

Estela dijo...

ROSI:
YO TAMBIÈN QUEDÈ ENTRE LAS LLAMAS,EL CORAZÒN LATÌA,ESPECTATIVA DEL FINAL ASOMBROSAMENTE CUERDO ,DENTRO DE UN CENTRO MÈDICO ,MEZCLA DE ANIMALES Y LOCOS.
UNA PUESTA DE IMAGINACIÒN LLENA DE INSTANTES TIERNOS ,SINIESTROS Y POR FIN EL FUEGO QUE TODO MATA O CASI TODO.
FELICIDADES CREATIVA ROSI.
BACI......................ESTELA

Esperanza dijo...

¡Es genial el relato!

Primero la descripción de todos con el cirio rojo como elemento de unión, y luego ese desarrollo escalofriante, ese clímax de los personajes-animales... estoy todavía impresionada después de leerlo!

Por otra parte, estoy muy contenta por acabar de descubrir tu otro blog, enhorabuena también por él!

Un abrazo bien grande y gracias por el comentario!

Conversaciones de todo dijo...

Rosa maria, Viola paso aver a mi mamá, no llego a la casa en una pasteleria, seconociero alla en la peleria, y yo no quise ir averla porque sehiso por fatidiar.
porque todo tiene que ser amiga de mi mamá, van por tre amiga que nocio por el blog, y yo niguna.

Josefa dijo...

Es la primera vez que te visito en este espacio y he quedado fascinada al leer este terrorífico relato. En adelante te visitaré aquí también para leer tus maravillosos escritos.
Besos.

Balteu dijo...

Buenooo, ¡vaya relato sorprendente, te has sacado de la chistera, Rosa María! He ido leyendo cada vez más asombrado de la terrorífica historia, que contabas. Menos mal que el fuego, tan purificador siempre, deja la escena limpia de espanto.
Me gustó mucho.

Un racimo de bicos para ti.

Fernando dijo...

Veo Rosita que estás preparada para empresas de mas envergadura. Tienes una pluma suelta, graciosa y que sabe ahondar en el relato con la fina sensibilidad de los consagrados.
Ánimo y a la obra decisiva, no vaciles.
Besos
Fer

Conversaciones de todo dijo...

Rosa Maria te vito a otra blog que tengo, se llama El Ostino Deseperante. esta ahi en el mismo blog Versaciones, de todo.
Baja donde esta los comentario donde aparece de cuadro de personas.

RosaMaría dijo...

queridos amigos y amigas. GRACIAS por sus cariñosos comentarios,
por ahora copio y pego, trato de no mover mucho la mano, pues la otra se contagia y se agarrota.
reflexión...admiro a los pintores sin manos...
escribir mirando el teclado es un martirio, es lento y me equivoco más que al tacto, así que sigo agradeciendo globalmente desde el corazón, sus visitas.
BESOS

Poetiza dijo...

Fantastico relato. Que buena tu imaginacion. Te dejo saludos y beso, cuidate amiga.

Roberto Malasquez dijo...

el placer,lo sombrio,unidos en una historia muy original.impactante.las metaforas me gustarom mucho.veo que en este blogp hay mucho que leer y aprender.