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martes, 8 de marzo de 2022

LA VELA ROSA

 

AVISO: Este disparatado cuento fue escrito por mí en el año 2003.

                      También aviso que puede herir la sensibilidad del lector. No lo había publicado por eso pero fueron épocas en que mi fantasía volaba a la par de mis sueños.

                        El que avisa no es traidor...

                       

LA VELA ROSA

 

     A la luz vacilante de la vela la escena parecía fantasmagórica.

    Algunos pacientes vestidos con batas blancas caminaban arrastrando sus pies. Calzados con grandes pantuflas se deslizaban cerca de la pared donde sus sombras se alargaban y desdibujaban sobre la pintura blanca del salón. Eran sólo seis. Los demás dormían bajo el efecto de las medicinas, de sus propios demonios y de su agotador desvarío.

 

     El personal del hospital recibió el apagón con lúgubre humor. El generador se había estropeado el día anterior, por lo que ya estaban cancelados tratamientos y operaciones.  Ahora se sumaba este corte general producido por las tormentas que arreciaban sobre la zona. El hospital blanco apenas se distinguía emplazado entre añosos árboles.

 

     En el gran salón parecía imposible que sólo hubieran puesto un velón sostenido por un pie de hierro en el que calzaba perfectamente. Era de grandes dimensiones más ancho que alto, color rosa fuerte esparcía una llama alargada y potente que a veces mecía las sombras acunando a los enfermos que se aquietaban con su vaivén y otras se estiraban afinándose y picoteando hacia lo alto del amplio salón enervando los ánimos. Seguro que lo trajeron de la capilla para poner menos velas y faroles que podían ser peligrosos.

 

     Desde mi lugar de control rodeado de teléfonos alarmas y computadoras observaba todo detrás de la mampara ubicada en el entrepiso, ésa era mi tarea. Menuda noche me esperaba para estar sin luz y sin comunicación con el exterior.

 

     El Dr. Interrogo estaba sentado en un rincón con las manos en los bolsillos. El efecto de luz y sombra hacía que su largo cuello y su cabeza calva sobresalieran exageradamente del delantal, su nariz afinada y curva completaba el perfil. Conversaba con Fantel, el enfermero de turno. De complexión fuerte y maciza, sus labios gruesos se extendían hacia adelante al hablar y sus manos gordas y toscas tenían un cierto parecido a la forma de sus pies calzados con zapatos anchos redondeados exageradamente en la punta. Dina estaba cerca de ellos. Siempre que los miraba emitía una risa aguda y estridente que yo no oía desde aquí pero que conocía muy bien. Sus dientes finos y alargados brillaban bajo el efecto de la luz mortecina. El psicólogo siempre con el mismo gesto en la cara la miraba indiferente, en cambio, Fantel tenía las pupilas dilatadas por el deseo que la risa de Dina le provocaba, esto se acrecentaba por el acomodamiento de sus pequeños ojos a la escasa luz.

 

     Simodo, el de la habitación veinte, con su giba deformante replegó sus cortos brazos y piernas y se tiró en el piso. Quedó encogido sobre sí mismo cerca del médico, como buscando refugio a su temor ya que Fantel siempre lo acosaba asustándolo con su poderoso cuerpo abusando de su jerarquía. León, el nuevo de la diecisiete se había acercado a la señora Gesbra, que recelosa y ágil trataba de mantener la distancia con sus característicos saltitos al desplazarse. Sus lacios pelos a rayas entre negras y blancas, contrastaban con los desprolijos y largos pelos pardos del muchacho y sus almendrados ojos.

 

     Deyanira, estaba de pie, estática, contemplando el velón que ahora tenía un profundo cráter rosa. En su interior, un gran lago se agrandaba en el centro sin desvirtuar su nítido contorno. La chica de figura sin formas y con los brazos colgando a los lados, se mimetizaba con el cirio encendido. El color de sus cabellos rojos irradiaba hacia él encendiendo el rosa y éste volvía para reflejarse en sus ojos y su bata blanca. Su mirada oscilaba entre el velón y la hermosa cabellera de Hércules.  Éste se entretenía en apilar las mesas y sillas desparramadas por el lugar. Sus musculosos brazos brillaban por el sudor. Cuando terminó se quedó mirando a Deyanira con ojos enamorados, ella lo miraba pudorosa pero su mayor atención se concentraba en la llama, como hipnotizada. Era en esos momentos que Hércules protegiendo a Gesbra observaba atentamente a León controlando sus movimientos ya que éste se acercaba cada tanto a ella con bastante agresividad. Bastaba una mirada de Hércules para que León se alejara moviendo su melena con rabia y emitiendo gritos extraños.

 

     No había monitores ni cámaras funcionando yo sólo podía verlos y mal a través de la mampara de mi puesto de control. Deyanira siempre de pie, se había interpuesto entre la vela y mi mirada produciendo un raro efecto, pues la llama parecía salir del centro de su cabeza quedando unificadas. Agudicé mi mirada. Algo mayor a mi comprensión sucedía en el rincón. Me esforcé más, sacudí la cabeza, cerré los ojos unos segundos, los abrí nuevamente. No podía creer lo que estaba viendo allí abajo. Con rápido movimiento pulsé la alarma, no funcionaba. Quedé paralizado.

 

     La cara de Dina se había transformado y reía cual hiena mostrando sus babeantes y afilados dientes. El cuello la calva y la nariz del doctor eran un gran signo de interrogación, casi un garfio. La libidinosa y riente hiena tenía sujeto al Dr. Interrogo entre sus extremidades, y libaba en su metálico cuello, haciendo realidad sus deseos de poseerlo, de fagocitarlo. Él seguía con las manos en los bolsillos, siempre en su rincón, siempre con su interrogante en la cabeza, aunque ahora lo sacudían pequeños estertores mientras un líquido rojo dibujaba axones y dendritas en su delantal.

 

     Fantel fregaba y chupaba con su alargada trompa el cuerpo de la excitada Dina que seguía emitiendo carcajadas y sorbiendo por el cuello las vísceras del doctor. Las enormes orejas de Fantel se movían abanicando la llama que hacía contorsionar y danzar las sombras.  Simodo seguía replegado, su cabeza no se veía, totalmente metida en su cuerpo y ahora semejaba un caparazón. Sobre él la terrible pata de Fantel se movía al ritmo de su enorme cuerpo excitado. Éste presionaba más fuerte complacido y voluptuoso, cada vez que su trompa recorría las intimidades de la complaciente Dina, al fin liberada feliz, sorbiendo y recibiendo.

 

     León alcanzó a la señora Gesbra que quedó tendida en el suelo moviendo sus patas. Su cuerpo de hermoso pelaje a rayas blanco y negro se cubría de sangre mientras el león hincaba sus dientes en el estilizado cuello con demencial hambruna. La melena y los ojos de León brillaban a la luz de la vela. Gesbra ya no se movía. Hércules no llegó a tiempo. Al aproximarse, su cuello iba adquiriendo más volumen, sus venas tensas dibujaban ríos en la piel, desde atrás rodeó con un brazo el cuerpo de la fiera, el pecho al máximo de fuerza. Con el otro brazo, bíceps y tríceps preparados para la acción, retorció la cabeza del joven animal en un solo movimiento. León cayó desmembrado, cuerpo y melena abatidos, sus ojos reflejaban la luz de la enorme vela ya en la mitad, consumiéndose.

    

     Desde mi lugar quería moverme y gritar pero no emitía sonido y mi cuerpo no respondía.

 

     Deyanira miraba fascinada el velón que, cada vez más rápido, continuaba su danza de  picoteo hacia el techo, alargando y extendiendo la llama. Se acercó más. Cuando se sumergió en el profundo cráter, su cabellera roja avivó el fuego y fueron todo cirio todo lago todo lágrima rosa, roja. Desde mi lugar no podía oler ni oír, pero mis sentidos vivían esa sensación acre.

 

     Imaginé el grito desgarrador de Hércules que extendió sus manos hacia Deyanira. Ella lo atrajo hacia sí envolviéndolo en su quemante fuego, en un abrazo de amor y muerte. Escuché sin oír el crepitar de sus cabellos.  También la risa de Dina y el grito orgásmico de Fantel. El caparazón de Simodo quebrándose bajo las pesadas patas de Fantel bailando su danza gozosa. El suave gorgoteo de la sangre de Gesbra y el silencio mortal de León.

 

     Yo estaba horrorizado. En gesto rutinario seguía pulsando la alarma sin recordar que no había luz. Detrás de la mampara, todo era fuego, retorcimiento, crepitar. Todo frenesí, amor, odio, sometimiento, ansia, dolor. Liberación.

 

     Corrí buscando ayuda que no ayudó, las escaleras se estaban desmoronando, las paredes despedían un calor sofocante y en el aire había un desagradable olor que traté de impedir cubriéndome con el delantal.

 

      Los bomberos llegaron retrasados por la tormenta, por el barro, por los árboles caídos por un aviso que no llegó a tiempo. Miré desde afuera como las llamas se extendían.  Después solo quedaron nubes de humo negro que ennegrecieron más las paredes del viejo hospital. Poco quedó de él solo camas paredes quirófanos y cuerpos calcinados.

 

       Lo que más asombró a los peritos fue que entre los restos calcinados del salón, hallaron   dientes, garras y esqueletos de animales. También desconcertó el hallazgo de un extraño garfio sin fundir.

 

     Mi explicación satisfizo a todos pues hubo concordancia con los peritos: Una imprudencia habría producido el fatal accidente.

 

     Luego todo fue silencio.  ¿Se habrían desprendido sus espíritus, o sucumbirían a la locura nuevamente?

 

     En mi cordura yo también fui silencio.

 

viernes, 19 de febrero de 2021

EUGENIA SACERDOTE DE LUSTIG

 

Un ejemplo de persona.

 

El año pasado le hablé de la doctora Eugenia Sacerdote de Lustig. ¿Se acuerda?


Varios oyentes me pidieron que volviera a contar su historia en
homenaje al día de la mujer.


Ella se hizo famosa, entre comillas, cuando la línea 80 la nombró
pasajera ilustre y le dio un pase de por vida.
Era un premio a su constancia de viajar todos los días en ese
colectivo a su trabajo como jefa de investigación del Instituto de
Oncología Ángel Roffo.
 
Por aquel entonces, la venerable mujer tenía 90 años. Esa anécdota
ciudadana disparó la curiosidad de los medios y muchos conocimos la
vida ejemplar de la doctora Eugenia. Su esfuerzo, su sacrificio
cotidiano de lucha.
 
Nos enteramos que esta señora que podría ser la abuela de cualquiera
de nosotros, con el cabello totalmente blanco y que andaba lento como
perdonando al viento, tiene en su guardapolvo de investigadora a su
orgullo más grande.
 
Después fue declarada ciudadana ilustre de Buenos Aires e inmigrante
ilustre del Piemonte, la patria chica de Italia donde dejó parte de su
familia. La doctora desciende de los barcos como tantos argentinos.
Tenía 25 años y una hija en sus brazos que cumplió un año en plena
travesía en el medio del océano.
 
Llegó al puerto con sus valijas de cartón y con la esperanza de
construir una nueva vida en un país libre y democrático, lejos del
fascismo de Mussolini que manchaba su tierra querida.
 
Mientras aprendía a cantar y a bailar el tango, se dedicó a combatir
otros males tan terribles como el totalitarismo del Duce: enfrentó la
peor epidemia de polio que tuvo la Argentina antes de que se
descubriera la vacuna Salk.
Y como si esto fuera poco le declaró la guerra científica al Mal de
Alzheimer y al cáncer.


Ese maldito cáncer, tal vez como revancha le fue erosionando la vista.
Sus ojos comenzaron a nublarse hasta la ceguera absoluta. Por eso dejó
de viajar en colectivo y ella, tan corajuda, empezó a tenerle miedo a
los escalones que es lo imprevisto que sube o que baja. Pero una
remisería vecina la empezó a llevar de aquí para allá, porque ella es
un tesoro de todos que todos tenemos que cuidar.
 
Tenía 90 años y seguía cumpliendo con su vocación y obligación.
Dirigía a los jóvenes biólogos en su análisis del transplante neuronal
en las ratas de laboratorio. Era admirable su cargo de investigadora
del CONICET.
 
La doctora Eugenia recibió el premio Hipócrates que es la más alta
distinción que un médico puede recibir en nuestro país y eso no la
transformó en mármol ni en bronce. Se mantuvo de carne y hueso y ni
siquiera se volvió formal o aburrida.
Era la más chistosa del trabajo. La encargada de celebrar los
cumpleaños de sus compañeros, de homenajear la vida compartiendo al
mediodía una porción de tarta y una mandarina de postre.
 
La Nona sabia inoculó en la sangre torrentosa de sus hijos y nietos el
amor por la educación, la excelencia y la honradez.
Ella sigue estudiando aún hoy que tiene, escuche bien por favor, aún
hoy, que tiene 100 años.


Esta maravilla de la humanidad tiene dos adicciones: los libros y la
quesería, donde compra los manjares que la acercan a su infancia como
la mozzarella de Búfalo o el delicioso mascarpone.
 
A los 100 años, la doctora Eugenia, mezcla milagrosa de neuronas y
sensibilidad solidaria es considerada una reina madre por sus
discípulos. Ella que fue discípula de Bernardo Houssay, uno de
nuestros premio Nóbel.
Es una pachamama que cruza los genes italianos con los judíos y
protege todo lo que toca.
 
No se enoja nunca. Sonríe siempre. Dice que esa es su fórmula para
cumplir un siglo en paz y armonía con todos.
Está orgullosa porque fue reconocida como "Prócer de la medicina
bicentenaria", un diploma de honor, que le entregó otro oncólogo
honesto como ella, el ex presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez.
 
Hoy la doctora Eugenia tiene 9 nietos y sólo se lamenta que la ceguera
no le haya permitido conocer la cara de sus 4 bisnietos. Escucha radio
y tiene un software que le lee los diarios.

 

Ella insiste en que está ciega.
Sin embargo yo tengo la sospecha que su mirada va mucho mas allá de lo
que uno puede suponer.
Mira con el cerebro y con el alma.

 

Es un siglo de mujer y orgullo.

 

Alfredo Leuco

 

    

 

     Eugenia Sacerdote de Lustig Nació en Turín el 9 de noviembre de 1910, falleció en Argentina el 27 de noviembre de 2011.

 

     Alfredo Leuco es un reconocido y notable periodista político en Argentina. Su descripción breve y concisa sobre esta científica notable me pareció mejor que cualquier resumen que yo pudiera hacer.

     Estimo que al Sr. Alfredo Leuco no le molestará la copia, si así fuera, la retiraré. Gracias. 

UNA PELÍCULA ARGENTINA PARA VER

 https://www.instagram.com/reel/DSQj3VTjjX0/ CABALLOS SALVAJES Excelente película con la actuación de HÉCTOR ALTERIO.      Poco para decir q...