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sábado, 22 de agosto de 2009

EL CASTILLO DE SANTA CRUZ

Luces estratégicamente colocadas hacen de él una figura extraña. Parte del edificio es rectangular y su torre más pequeña circular. La iluminación lo hace atractivo pero a la vez produce un cierto resquemor. Lo contemplo desde el paseo marítimo a la vera de la pequeña playa. La luna se refleja en el mar y va rolando hasta la orilla. Pequeñas barcas en reposo se mecen como extrañas cunas solitarias. Hay pocos paseantes, un hombre delante de mí, camina con paso tranquilo. Una pareja de enamorados que se recuestan el uno en el otro, van más adelante. Con los brazos cruzados en la espalda buscan palpar intimidades enganchando su mano en el bolsillo trasero del pantalón. Un poco más atrás camina una mujer. Viste de negro, aunque poco pude ver aprecié su estatura, su paso decidido.
El paseo se extiende varios metros más allá del puente. Éste lleva al Castillo de Santa Cruz que contrasta cada vez más sobre las aguas. Está situado en una isla suspendida curiosamente en el mar, que sigue creciendo tranquilo invadiendo sin olas la orilla. Dudo en llegar hasta el final del paseo, la arboleda se cierra bajo el oscuro cielo. El espectáculo es un poco inquietante pero aún así, bonito.Veo a la pareja que sigue por el paseo dirigiéndose a su destino de besos y caricias. El hombre que va delante dobla hacia el puente.
Imagino el espectáculo que brindará el mar del otro lado. La noche es serena y clara. No sin cierta inquietud, yo también voy hacia el puente. Son trescientos metros de maderas carcomidas por el salitre y el tiempo, en las que los pasos del que va delante resuenan aumentando la dimensión de su sonido. Mis propios pasos me sobresaltan, quisiera que su sonido se apagara, pero no es posible. Otros pasos se suman taladrando el silencio circundante.
Ahora son seis golpes graves. Delante son lentos, los míos suenan indecisos, los de atrás de ritmo rápido, decidido, fuerte. Solo el mar sigue leve, monótono, constante.
El castillo está cubierto en su mayor parte por arbustos, enredaderas y árboles que lo superan en altura, recortándose sobre el cielo. El hombre se pierde por la izquierda sumergiéndose en la oscuridad. Magnolios y cipreses dan un aspecto sombrío a ese camino. Decido ir hacia la derecha, donde las luces de las cafeterías de la lejana orilla me brindan un símil de seguridad.
Al pisar tierra, el silencio repentino de mis pasos acentúa mi inquietud. Mientras camino cerca de las peñas observo varios metros más abajo el mar, calmo. El camino es estrecho, no oigo los pasos de la mujer, imagino que ya está detrás de mí. No quiero girarme y no disfruto del paisaje agreste que rodea esa mole rectangular de piedras milenarias. Sólo por sensibilidad extrema distingo el olor a menta y a hinojo silvestre.
¿Qué impulso hizo que cruzara este puente? ¿Por qué no vuelvo sobre mis pasos? ¿Qué desafío del destino hace que me halle en este momento caminando cerca de los acantilados del castillo?La luna da de pleno en el agua. Mi inquietud se disipa por unos momentos y me siento en una roca disfrutando del espectáculo. Solo se oye el sonido del agua ahora más intenso, golpeando, horadando...
El silencio es denso como los muros grises del castillo. Giro para verlos, ahora sé que estoy sola, no sé si tranquilizarme o no, pero estoy aquí y tengo que echarle valor. Lentamente me despego de la roca e incorporándome sigo mi recorrido.
Sé que me encontraré con el hombre y seguramente con la mujer. El aire perfumado de sal, yodo y hierbas se mete en mis fosas nasales deleitándome, el camino se estrecha y las peñas caen rectas hacia el mar. Me arrimo a los arbustos sintiendo la energía de los muros.
Miro el reloj, once treinta. Irónicamente pienso:
- Casi es hora de brujas -
Por otra parte me digo:
- Ya tendría que haberme encontrado con el hombre, es casi la mitad del recorrido en círculo…
Dudo entre retroceder o seguir avanzando. El camino sigue ahora entre un gran muro de contención y los altos arbustos que dibujan sombras un poco siniestras. Detrás del muro, el mar abierto golpea fuerte e insistente en un aviso de presencia incontenible que vibra bajo mis pies. Su sonoridad es profunda y retumba en los oídos y en el cuerpo.El viento sopla libre desde el mar, abate las piñas del pino milenario y éstas caen sobre el camino.
Casi al llegar a la curva que lleva nuevamente al puente, veo al hombre, el también se ve nervioso, nada que ver con su andar en el paseo. No viene en dirección a mí sino que vuelve desandando el camino. Sopeso la idea de hacer lo mismo pero sigo avanzando, al terminar el recodo veo a la mujer sentada en una roca, mirando el mar.
El se detiene a su lado. Paso rápido cerca de ellos, no los miro, los tres murmuramos un saludo que el mar apaga. Él parece nervioso. No me extraña, yo estoy igual, somos tres personas solitarias con las mismas sensaciones.
Al divisar el puente escucho gritos a mi espalda. Acelero y llego a él. Siento el resonar de mis pasos en los anchos listones de madera. No está fresco, pero estoy temblando. Al llegar casi al centro del viejo puente reconozco los pasos rápidos de la mujer, corre más que yo, casi inmediatamente me alcanza, por ósmosis mis pasos se aceleran y también comienzo a correr.
Al llegar al paseo ya no diviso a la mujer que se perdió entre los coches, me vuelvo y tampoco veo al hombre.
La cafetería me acoge con sus luces deslumbrantes y su ambiente bullicioso.
Poco a poco me voy calmando, después del café, a desgano y aún con el corazón algo palpitante decido ir hacia el coche.
Miro hacia el Castillo, el mar continúa batiendo sobre las rocas desiertas y las luces siguen iluminando imperturbables las antiguas piedras del edificio. Regreso a casa pensando lo impresionable que puedo llegar a ser en un entorno diferente.
Las noticias del día siguiente relatan que entre las rocas del acantilado del Castillo de Santa Cruz, cinco metros más abajo, hallaron el cuerpo de un hombre sin vida.
Imagino al desconocido.
Inerte sobre las últimas peñas puntiagudas, con los ojos vacíos fijos en el cielo oscuro, la luna reflejada en ellos y las olas batiendo alrededor… salpicando su cuerpo…

domingo, 6 de enero de 2008

LA CASA MISTERIOSA

Es una pintura de E. Munch

Era más amplia que las pocas que se veían por el lugar. Destacaba inquietante por su techo negro y la tupida enredadera roja adherida a sus paredes. Desde lejos parecía como si chorreara sangre. Caía la tarde y el sol poniente acentuaba esa impresión.El camino llegaba hasta el lateral donde había una ventana desvencijada bastante amplia y dos más pequeñas hacia el final. El sendero torcía a la derecha haciéndose más angosto y desparejo, luego giraba hacia la izquierda donde estaba la puerta de entrada. A dos o tres metros un alto muro cortaba el sendero. La casa quedaba aislada así por el lateral contrario.Yo iba a lo que iba: investigar, así que subí los tres escalones que conducían a la puerta desvencijada. A pesar de mi decisión por averiguar qué había dentro, me costó traspasar el umbral. Pisé algo blando: era la hiedra que se extendía como una alfombra. Entraba algo de luz por las ranuras de las ventanas iluminando levemente el amplio salón. Solo había a un lado de la chimenea, una pequeña mesa y un sillón. Cuando acostumbré la vista a la oscuridad observé asombrado que la enredadera los cubría. Entre las ramas unos ojos me miraban como queriendo expresar algo. Al apartar las hojas quedé clavado en el. sitio. Era una persona muerta.Reaccionando apenas me dirigí hacia el pasillo. En el final del largo corredor había más luz. Venciendo el horror caminé hacia la claridad. Antes de llegar había un cuarto a la izquierda y otro a la derecha. No resistí la tentación de empujar la puerta entreabierta de este lado. La vieja madera crujió tambaleándose. La sostuve acomodándola. Al igual que en el salón, pero aún más tupido, el piso estaba cubierto por la enredadera roja que también subía por la cama. Las ramas aprisionaban lo que parecía ser el cuerpo de un niño. Sentí ganas de vomitar. Espantado y pisando esa maraña de hojas salí del cuarto sin querer ver más.La curiosidad nos lleva a situaciones en las que no se piensa, esa era la causa de estar allí, pura curiosidad. Por eso, a pesar de la repulsión, el impulso de mirar hacia el cuarto de la izquierda fue mayor.Deshaciéndome de las ramas que se enganchaban en mis pies me asomé a lo que era una biblioteca repleta de libros descoloridos y cubiertos de polvo. Los dos primeros estantes, al igual que las patas del escritorio, estaban como teñidos de rojo; era la hiedra adherida a ellos. Fue cuando reparé en lo que parecía un hombre dándome la espalda. Estaba como momificado, con manos, brazos y piernas aprisionados a la silla por la extraña enredadera. Me apoyé en el marco de la puerta horrorizado. Ahora sentía un olor nauseabundo emanando de todos los rincones. Un espasmo me recorrió. Vomité Las hojas rojas absorbieron el repugnante contenido de mi estómago.Apoyado en el marco de la puerta recordé lo que decían sobre la casa misteriosa. Contaban que se oían desgarradores gritos, a lo que la policía respondía que solo era una casa abandonada. Nadie dijo que hubiera muertos allí.Tambaleante me dirigí hacia el final del corredor. La enredadera era cada vez más densa. Tenía que esforzarme por dar cada paso. Mientras, pensaba que informaría a las autoridades para que dieran sepultura a esas desgraciadas personas. Lamenté no haber traído la cámara de fotos. Yo era el único que se había atrevido a desvelar el misterio de esa casa. Pronto sería famoso y mi nombre saldría en todos los periódicos.Al final estaba el baño. La luz entraba por la ventana rota, y también la enredadera que cubría parte del lavabo y los grifos. Las hojas eran de un rojo más intenso, casi cautivante. Era un granate acentuado al que la luz del atardecer daba extraño brillo . Pensé en darme vuelta para salir de allí lo más pronto posible, pero me quedé inmóvil delante del espejo cubierto de polvo. Pasé la mano por él. Veía apenas mi rostro pálido y desencajado, con los ojos extraviados. El horror de lo visto estaba grabado en ellos.Aparté las ramas del grifo para limpiar mi boca que tenía un regusto repugnante. No salía agua. Me dolían los pies y tenía calambres en las piernas. Limpié de nuevo el espejo que devolvió más nítida mi imagen. No era conciente de que una fuerza extraña me atraía hacia el piso. Caí sobre el colchón de hojas enmarañadas. Fue cuando vi que la hiedra aprisionaba mis tobillos y subía hacia las rodillas. Intenté incorporarme para deshacerme de ella, pero las ramas ya llegaban a mi cintura No pude liberar las manos, cuantos más esfuerzos hacía más se enroscaban sus peludos tallos en mi brazos. Casi podía sentir mis ojos saliéndose de las órbitas. La respiración agitada ya no podía salir libremente. Tenía el pecho aprisionado. Desesperado estallé en un grito desgarrador que resonó en múltiples ecos en toda la casa. Mi boca se abría más y más queriendo respirar a medida que el dolor de las extremidades se hacía insoportable. Grité nuevamente. Solo emití un leve chillido .Las ramas habían llegado a mi garganta.

UNA PELÍCULA ARGENTINA PARA VER

 https://www.instagram.com/reel/DSQj3VTjjX0/ CABALLOS SALVAJES Excelente película con la actuación de HÉCTOR ALTERIO.      Poco para decir q...