Poner en palabras lo que me sucede es
difícil, máxime cuando una pasó parte de su vida tratando de alentar a los
demás a superarse y en la atención de sus dolores físicos y emocionales.
Conocer el fondo de cada emoción o trauma
me hacen reconocerme y ver que no es tan fácil salir de la situación que lo
produce. Es una desazón que pasa por lo que le sucede a una y se suma a lo que
pasa alrededor, a los otros.
El país todo está conmocionado. Hasta la
tierra sufre, falta agua del cielo. El cielo se quedó sin llanto, la tierra
sufre y se calcina, el entorno se hace cada vez más árido flora y fauna
diezmadas por el fuego que todo lo consume.
En
momentos en que la pandemia arrasa hay vidas que se fueron o que no serán las
mismas al recuperarse de secuelas mayores o menores del cuerpo y del espíritu
que perdurarán en los afectados y su entorno. Somos como la tierra y parte de
ella.
No se trata de ser fatalista sino de ver
la realidad que vivimos. No se pueden soslayar los hechos la desorientación que
producen. Mientras tanto poderes ocultos y no tanto acrecientan fortunas,
poder, e intereses propios dando ejemplos que algunos sectores de la población
copian y aprovechan como rapiña.
La tierra sufre, el pueblo sufre y como
contrapunto de todo están los nobles, los que dan todo, hasta la propia vida
por aplacar el fuego, por mitigar el dolor y la enfermedad.
El desánimo llega y cada vez es más
difícil superar tanto dolor y soledad. Hacer cosas no alcanza si no tienen un
objetivo mayor que “ocupar el tiempo”
Hasta que todo se recomponga seguiremos
con cambios imprevistos en trabajos, relaciones, tareas, economía y soportando
la necedad de políticos, asesores, órdenes contra órdenes y
ensayos que solo son para el pueblo sufriente.



