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jueves, 15 de octubre de 2020

VERANO DEL 77

      Llegué puntualmente a las 8 de la mañana. Estábamos en la explanada del Convento de Santa Gema, a las afueras de Coruña.  Era día de elecciones, primeras elecciones en España. Sólo había dos mesas con los correspondientes delegados de cada partido. No hacía falta más para tan pocos habitantes. Un minúsculo habitáculo cercano a cada mesa en el que había dos sillas era el cuarto oscuro. En las sillas estaban  las papeletas de cada partido y una cortina corrediza daba privacidad a la votación.

      Hice entrar a cada delegado para certificar la corrección de todo, comprobé los libros y listas de los votantes, y entonces nos sentamos dignamente a comenzar las tan deseadas elecciones después de años de Franquismo.

     Pues sí que la tarea fue continuada. Faltó el apoderado y yo como interventora no podía dejar la mesa más que para ir a hacer pis, lo necesario, ni un pis de más- Las monjas iban y venían en absoluto silencio.  Se daban cuenta de lo que faltaba y lo traían diligentemente retirándose luego con una pequeña inclinación del torso.

     ¡Cuánto agradecí que no lloviera! ¡Que ni siquiera lloviznara! Galicia nos premiaba con un hermoso sol de junio, prólogo delicioso del verano.

       A las nueve empezaron a llegar los votantes más madrugadores. Había una gran ansiedad en la gente del pequeño pueblo. Todo se desarrollaba con normalidad y alegría. Sólo faltaba el Apoderado.

       A las diez el sol comenzaba a calentar. Las monjitas nos traían agua constantemente, y constantemente se presentaba la imperiosa necesidad, a la que acudíamos por turnos.

      A las once yo estaba roja, aunque no tanto como el rollizo delegado de la otra mesa. El agua que bebía le salía por la cabeza, en cambio, la delgada señora que estaba a su lado parecía secarse bajo el sol. Batía el abanico a velocidad máxima y me maravillaba ver la maestría con que lo cerraba y volvía a abrir cada vez que venía un votante.

      Por supuesto que algunos nos conocíamos, los que estábamos en funciones y la gente que acudía.

      También había dos jovencitas con falda más corta que las nuestras y escueto escote. Me causaba gracia ver por debajo de las mesas, como sus piernas se aflojaban torciéndose por el calor como plantas deshidratadas. Eso sí, todos cumplían con su tarea a la perfección.

      Yo no era la única gordita de la mesa, el joven profesor de historia con abdomen de muchos cocidos gallego tomados en el invierno sudaba la gota gorda. Los otros dos señores trajeados a la antigua, delgados y parsimoniosos, se habían aflojado un poco la corbata. Mi sonrisa contrastaba con su seriedad mientras les decía:

     -   Pueden quitarse las chaquetas – pero muy circunspectos y conservadores respondieron:

-     Hace menos calor así. - 

     Las monjitas que acababan de traer más agua y blanquísimas servilletas los miraron con aprobación.

     Otra vez aparecieron nuestros ángeles de piedad. Esta vez traían sombreros de paja de los que usaban en arreglar la huerta, insistiendo en que nos los pusiéramos. Faltaban dos, yo cedí el mío y el joven catedrático hizo lo mismo. Los dos nos reíamos del aspecto de nuestros compañeros y ellos se reían entre sí, pero ninguno se lo quitó.

      Al rato aparecieron dos vecinas que habían estado votando. Traían dos coloridas pamelas que nos pusimos agradecidos. La flaca de la falda corta le cambió el sombrero de paja al profesor y se calzó la pamela.  Ahora sí que la carcajada era general. En cada mesa había 3 hermosos sombreros de paja y 2 adorables pamelas.

      Hacia la una, el flujo de gente fue aflojando. Comimos unos sanwichs cedidos por el Ayuntamiento, fruta y por supuesto más líquido. Las monjas nos trajeron melón ya pelado y troceado y uva fresca de la huerta. Nos supo a gloria.

     A las dos cuando el sol nos estaba achicharrando, vimos a los del bar del pueblo venir con cuatro sombrillas, que desplegaron a nuestro alrededor. El colorido contrastaba con la seriedad del lugar y con la seriedad del evento. Todos reíamos, los del bar, los de la otra mesa y nosotros, que señalándonos mutuamente largábamos la carcajada.

      Las monjitas con sus hábitos negros y sus cofias blancas se privaban de hacerlo esforzándose por estar serias, cosa que despertaba más la hilaridad.

      Llegó Manolito, un joven muy juerguista del lugar, dijo:

            - ¡Qué mesas parranderas. !- Cada detalle hacía que volviéramos a reír, aunque quisiéramos reprimirnos ante lo serio del momento que nos tocaba vivir en la historia de España.

      Eran las cuatro, Documentos, listados, búsqueda, cortinita que se cierra, cortinita que se abre.... y calor, calor, calor.

     Cambiaron las monjitas por otras, pensé que irían a comer. Trajeron más agua y cambiaron nuestras servilletas por otras impecables ya que casi todos nos secábamos el sudor con ellas.

     Ya faltaba menos pensábamos todos, cuando un guardia civil interrumpió la tranquilidad diciendo alterado.

 - ¡Hay que levantar! ¡Avisaron que hay movida y tenemos orden de trasladar todo a la cuadra!

 - ¡Válgame Dios!- dije, y enseguida empezamos a trasladar las cosas adentro del único galpón que había desocupado y que por el olor servía para guardar animales. Sólo autoricé a los guardias a ayudar con papeles y urnas. Los delegados trasladaban los “cuartos oscuros”. El profesor de historia ayudaba al rengo. Yo no me movía de al lado de las urnas. Las monjitas sin decir palabra llevaban las sillas y las jarras de agua.

“¡De la que se zafó el apoderado!”, Pensé.

Vinieron más policías y guardias municipales que quedaron custodiando el portón de la entrada al convento.

        La madre superiora habló por lo bajo con las monjitas que se pusieron a limpiar el espacio que habíamos dejado libre.  Las otras que habían vuelto de comer despejaban diligentemente la cuadra de los fardos de pasto que apilaban contra la pared del fondo. También se cerraron los amplios portones del galpón.

      Al principio no hacía tanto calor pero al pasar el tiempo las lámparas que habían traído las monjitas para alumbrarnos empezaron a caldear el ambiente que al estar cerrado concentraba el vaho dejado por nuestro sudor y olor a animales.

      Todo fue una falsa alarma. Solo vinieron los últimos votantes. Hubo un respiro pues ya pudimos abrir las enormes puertas corredizas. Con el revuelo algunos estábamos con los sombreros puestos. Les avisé y se los quitaron, yo me quité la pamela y así seguimos la tarea. Al fin, terminamos.

     Para hacer el escrutinio cerramos nuevamente las puertas del galpón. Pronto nos iríamos a casa.  Hasta ahora el Apoderado no había aparecido así que la responsabilidad era completamente mía. La Madre Superiora me sugirió que dejara tres monjitas de su máxima confianza y absoluta discreción por si necesitábamos algo. Después de consultar con los demás asentí, por lo que quedaron en un rincón, de pie y con la cabeza inclinada, siempre mirando al piso.

     Mientras yo me decía: -Ya está todo listo - 

     Pero no; había más... ¡Había mosquitos! ¡Y tábanos! Mosquitos y tábanos que al cerrarse las puertas se ensañaban con nosotros dejándonos  ronchas enormes. Todo era rascarse y más ronchas, y la alergia de las chicas. Era desesperante. No nos alcanzaban las manos para hacer todo. Golpe va, papeleta viene, y así rascándonos y trabajando, cumplíamos con nuestra patriótica misión.

     Las monjitas pidieron permiso para salir. Al volver traían sábanas. Las mujeres envolvimos nuestras piernas en ellas. Yo me puse otra sobre los hombros. Pero a pesar de todo todavía teníamos capacidad para reírnos de la nueva situación.

     Fue cuando la Madre Superiora apareció con una bandeja de cuadraditos de tarta de maíz cubiertos de azúcar impalpable y canela.

     Creo fervorosamente que las monjas fueron las auténticas heroínas de ese día de votaciones. Nosotros tuvimos cuasi una Antígona, ellas mitigaban la tragedia cómica constantemente atentas a nuestras necesidades y sufrimientos a lo largo de ese día de votaciones.

      Al fin vino la policía a recoger las urnas. Había que llevarlas al Palacio de Justicia.

            Nos dijeron:

-Señores ahora hay que proceder al quemado de las papeletas- 

Era la costumbre de antes. Procedimos a conciencia. ¡A ver si ahuyentábamos a los mosquitos! Pero los únicos asfixiados éramos nosotros, que llorábamos por el humo de las papeletas, mezclados con olor a heno y deposiciones de los animales que alojaban en la cuadra.

Allí vimos salir a nuestras piadosas cuidadoras que volvieron trayendo cubos de agua y toallas impecables para enjuagarnos los ojos. El resto lo usaron para apagar los últimos rescoldos, cosa que levantó otra nube de humo con restos de papeles hechos ceniza. Algunos volaban y se posaban en nuestros cuadraditos de tarta de maíz.

Ahora solo quedaba ir al correo para notificar los resultados por telegrama.

            Fuimos en la camioneta de la policía. Custodiando las urnas estaba la señora delgada de la otra mesa, menos picada por los mosquitos que todos ¿Ventajas de ser flaca? También venía el  señor rengo de mi mesa con los ojos colorados como si hubiera bebido y yo, que no dejaba de rascarme las tremendas ronchas rojas que tenía en brazos, piernas y cuello.

           El policía que conducía sonreía disimulando cada vez que miraba por el espejo. Fueron unas elecciones inolvidables, tanto por ser las primeras, como por haberme tocado en ese Convento de Santa Gema tan entrañable para mí y por todo lo vivido en ese día.

            Afortunadamente no me volvió a tocar estar en una mesa nunca más...

 

A la memoria de Bety Ortiz mi gran amiga de La Coruña


martes, 2 de enero de 2018

COMENZAR EL 2018

Al fin arreglaron la computadora. No podía ver los viejos C.D. que tenían todo lo escrito en La Coruña.

Me asombré con algunos, tanto poesía como prosa, estoy tan alejada de pintura, piano y escritura que pensé en ir poniendo algunos viejos escritos de a poco a ver si vuelve mi creatividad.

Desde mi llegada hubo varias dificultades, tanto de adaptación después de tantos años fuera del país como de esfuerzos por poner la casa en condiciones con el lío que eso trae de materiales y personas trabajando. Eso me dejó un poco agobiada y tuve unos problemas de salud.
Luego dediqué tiempo a viajar y no fui capaz de tomar notas de esos viajes.

En realidad me estoy disculpando y reprochando a mí misma y aunque ahora mi tiempo está repartido entre plantas, amigos y vagar me molesta precisamente esa vagancia y el no retomar pinceles, lápices o teclado...

Todo tiene sus etapas y evidentemente no es mi momento para ello, así que decidí poner escritos y experiencias que hice y tuve en La Coruña.

Y aquí va el primero, que precisamente tiene que ver con las fiestas y posiblemente fue escrito en el año 2000:

LLAMADO DE MEDIANOCHE

   Me despertó el sonido del teléfono. Me levanté a tientas... no me molestaba la oscuridad, sólo la incertidumbre de ese llamado intempestivo; rápidamente, mientras avanzaba como entre nubes de algodón y tanteando el vacío, varias ideas cruzaban por mi mente y al mismo tiempo apuraba mis pasos sorteando la esquina de la cama, la puerta entornada y las hojas de la palmera que acariciaron mi brazo. Esto me dio seguridad, nos entendemos pues yo le doy amor. 

Le gané al contestador telefónico y levanté el auricular con la certeza de que era él. 

Al otro lado del teléfono la voz de mi hermano preguntaba: -¿”Estabas durmiendo? ¡¡Feliz Año Nuevo!!  

Le sonreí a mi intuición.



sábado, 7 de febrero de 2015

MARÍA ELENA WALSH


MARÍA ELENA WALSH nació en Ramos Mejía  el 01 de febrero de 1930  en la Ciudad de Ramos Mejía.

Los remito a Wikipedia pues su obra es tan vasta que si les interesa podrán verla allí, lo que puedo decirles es que su creatividad y lo amplio de su actividad hacen que merezca la pena leerlo.

Precisamente estos días pasé por Mitre y Moreno zona céntrica de mi barrio, donde colocaron un mural cerámico recordándola.

Grandes y pequeños seguimos escuchando sus hermosas canciones, tiernas, divertidas y que encantan a todos.

Por otra parte en mi carrera de docente como profesora de música nos hemos divertido cantando, actuando y representando muchas de sus canciones. 


FIDEOS FINOS

Voy a contarles lo que había 
entonces en Ramos Mejía:

Había olor a tía,
veredas con pastito
y, tras la celosía,
un viejo organillero con monito.

Y había por los caminos
muchísimos fideos finos.

Había un cielo entero
por donde navegaban las hamacas
y leche que el lechero
traía, no en botella sino en vaca.

Había lluvia en tinas
y patios con ranitas adivinas.
y una gallina clueca
mirándonos con ojos de muñeca.

Había en cada rato 
un gato navegando en un zapato,
y había en la cocina
una mamá jugando con harina.

LA VACA ESTUDIOSA

Había una vez una vaca
en la Quebrada de Humahuaca
Como era muy vieja, muy vieja,
estaba sorda de una oreja.

Y a pesar de que ya era abuela
un día quiso ir a la escuela.
Se puso unos zapatos rojos,
guantes de tul y un par de anteojos.

La vio la maestra asustada
 y dijo  -  Estás equivocada.
Y la vaca le respondió:
¿Por qué no puedo estudiar yo?

La vaca, vestida de blanco,
se acomodó en el primer banco.
Los chicos tirábamos tiza
y nos moríamos de risa.

La gente se fue muy curiosa
a ver a la vaca estudiosa.
La gente llegaba en camiones,
en bicicletas y en aviones.

Y como el bochinche aumentaba
en la escuela nadie estudiaba.
La vaca de pie en un rincón,
rumiaba sola la lección.

Un día toditos los chicos
se convirtieron en borricos.
y en ese lugar de Humahuaca
la única sabia era la vaca.



MARCHA DE OSIAS

Osías el osito en mameluco
paseaba por la calle Chacabuco
mirando las vidrieras de reojo
sin alcancía pero con antojo.

Por fin se decidió y en un bazar
todo esto y mucho más quiso comprar.

Quiero tiempo pero tiempo no apurado
tiempo de jugar que es el mejor
Por favor, me lo da suelto y no enjaulado
adentro de un despertador.

Quiero un río con catorce pececitos
y un jardín sin guardia y sin ladrón.
También quiero para cuando esté solito
un poco de conversación.

Quiero cuentos historietas y novelas
pero no las que andan a botón
yo las quiero de la mano de una abuela
que me las lea en camisón.

Quiero todo lo que guardan los espejos
y una flor adentro de un raviol
y también una galera con conejos
y una pelota que haga:  goool!

Osías el osito en mameluco
paseaba por la calle Chacabuco...

Quiero un cielo bien celeste
aunque me cueste
de verdad, no cielo de postal
Para irme por el este y el oeste
en una cápsula espacial.


Y con esta última canción los dejo pensando que lo pasaron bien junto a mí,  volviendo a ser niños. 

martes, 16 de octubre de 2012

EL CABALLERO DE LAS BOTAS AZULES

Llegó a la pequeña ciudad de Sinfonía una calurosa tarde del primer día de Agosto.
Las damas del lugar reunidas en la plaza de Do Mayor paseaban bajo los antiguos soportales luciendo peinados y vestidos acordes con las últimas tendencias de París o Londres. Sus niños magníficamente ataviados tenían modales tan rebuscados como los de sus madres que se encargaban de reforzarlos con miradas aprobatorias o no.
Los hombres sufrían bajo las camisas y chaquetas los efectos de las altas temperaturas secando el sudor de sus frentes con blanquísimos pañuelos sin intervenir en las recriminaciones maternas.
Los jóvenes y las muchachas sopesaban por el atuendo, actitud y gasto en las mesas que ocupaban ante sorbetes, helados o refrescos, el nivel económico de cada quien.
Pero desde que había llegado ese caballero de las extrañas botas, el ritmo de la ciudad había cambiado, ya no era la ciudad armoniosa de siempre.
Las muchachas se esmeraban en competir con tocados y joyas para seducir a ese apuesto joven que se alojaba en la fastuosa mansión, desocupada hasta entonces.
El duque - al fin se supo que lo era - llegó a la plaza caminando sobre sus relucientes botas, luciendo su estampa atildada pero sin afectación, saludando a diestra y siniestra con gran sonrisa. Él sabía que saludaba a la parte buena y mala de cada uno, por eso inclinaba dos veces la cabeza a la derecha y una a la izquierda.
Al instalarse en la mesa pidió agua tibia entregando un pergamino enrollado al lacayo que siempre lo acompañaba.
En la plaza de Do Mayor se hizo un profundo silencio al ver que el criado lo desplegaba y se disponía a leer.
Al entonar las palabras su voz fue brillante:

El que quiera concurrir
el día treinta a la mansión
a las diez debe asistir,
con suma puntualidad…

Un crescendo de agudos femeninos fue apagado por los golpes rítmicos que el Duque daba con el vaso en la mesa. Se hizo silencio y el criado prosiguió:

Puesto que habrá colación
se les ruega anticipar
cuántos han de concurrir
a esta inauguración.
Para ello una tarjeta
con su nombre entregarán
para ponerla en la mesa
que el Duque designará.

Entonces se escucharon diversas expresiones: brillantes, con misterio, con dolore, capriccioso, maestoso, flebile, patético, pomposo, con fuoco…
Voces femeninas y masculinas, jóvenes y mayores, todos al unísono, fuerte o suave, moderato o alegre, vivace o andante, en acordes disminuídos o aumentados, modulando tonalidades que formaban un todo enarmónico.
Los cristales de negocios y casas acompañaban con trémolos y trinos ese fraseo incesante. Tal era la intensidad de los comentarios que nadie advirtió que el caballero de las botas azules se retiraba prestísimo de la plaza que lentamente fue quedando vacía.
Al día siguiente gran parte de los vecinos de Sinfonía acudieron al banco, otros al prestamista. Varios fueron a vender algunas pertenencias, todos para estar a la altura de tan importante invitación.
Las mujeres no hablaban más que de lo que se pondrían, preocupándose muchísimo por el atuendo de las hijas casaderas. Las más adineradas viajaron a París o Londres a comprar telas y accesorios. (Danny Speas-1999)

En tanto unos hombres consultaban a zapateros especializados a fin de conseguir unas botas iguales o por lo menos parecidas a las del duque, otros fueron con sus mujeres a Alemania y algunos viajaron a Italia por el original calzado. Fue inútil, ninguno pudo saber de qué material eran y como lograr ese color tan especial.
Hubo quien se coló en la mansión para averiguarlo, aunque no pudo llegar hasta el armario que guardaba el preciado secreto. Contaba, eso sí, que el lugar era de ensueño; las habitaciones tenían las paredes tapizadas de blanco con arabescos en rojo y oro. Los sillones y elementos eran rojos con detalles invertidos que hacían un efecto impactante.
Dijo que el jardín era inmenso con frescas glorietas donde se enredaban rosas de todo tipo, olor y color. Había además un gran lago artificial que se atravesaba por un puente cubierto de glicinas en flor que perfumaban el lugar.
Ese quien - panadero de Sinfonía - narró todo ello con lujo de detalles a los que estaban interesados, no sin antes recibir una cierta cantidad “por su riesgosa osadía”.
Una vez saciada la curiosidad y llena la caja convino con su mujer y sus hijas que emplearían lo ganado en renovar el local, la maquinaria y por ende los productos de su panadería.
La pequeña ciudad era todo preparativo, las modistas estaban atareadísimas, las señoras malhumoradas por los retrasos, los zapateros nunca habían hecho tantos pares de botas y de formas tan variadas, las peluqueras se afanaban transpirando al calor de planchas y planchitas para pelo en diversas pruebas de peinados y maquillajes. Así todos los negocios del lugar vieron un gran incremento en las ventas que supieron aprovechar muy bien.
Llegó el día treinta y en Sinfonía todos los habitantes del pueblo que se veían acicalados, emperifollados, enjoyados y calzados a la última, acudieron puntuales a la mansión.
Cada uno ocupó la mesa con su nombre. Estas eran rojas como las sillas y la vajilla blanca tenía filetes de oro. Estaban ubicadas bajo unos enormes stores de seda blanca que unidos en una alta punta formaban un pararrayos fosforescente. El piso del mismo color estaba unido a los laterales de la tela completando el decorado que los aislaba totalmente del exterior.
Todos elogiaron el detalle, por si hacía mal tiempo.
No se oía ningún ruido. Cuando todos estuvieron ubicados, sonó una hermosa música acorde al nombre de la ciudad. Enseguida se encendieron las luces hasta deslumbrar. Los convidados estaban expectantes y mudos. Entonces apareció el criado anunciando que el caballero de las botas azules había tenido un inconveniente y que se retrasaría un poco por lo que les rogaba lo disculparan. La gente asintió sin hablar.
Cuando había pasado otra hora algunos empezaron a quejarse suavemente por la descortesía del Duque. Las madres y las hijas pedían silencio a sus respectivos maridos y padres y contenían las ganas de probar los exquisitos manjares y bebidas que había sobre las mesas.
Pasó una hora más cuando el criado anunció a su señor. Este apareció sencillamente vestido con una gran caja en las manos. Venía sin calzar. Saludó sonriendo.
La gente desconcertada no atinó siquiera a contestar. Con breves palabras agradeció su presencia y los invitó a comenzar con el festejo.
Las delicias atraían a todos pues había platos nunca vistos.
Mientras tanto el duque abrió la caja extrayendo de ella las curiosas botas azules, las mostró a los concurrentes que las miraban maravillados pues brillaban más que nunca. Pasaba entre ellos sosteniéndolas en alto.
Cuando concluyó de mostrarlas las soltó y ante el asombro de todos, las botas revolotearon de mesa en mesa, evitando ser tocadas por los más ávidos. Luego comenzaron a elevarse lentamente hacia la parte más alta del curioso salón, hacia el pararrayos tan fosforescente como las propias botas.
Las cabezas hicieron lo mismo. La sinfonía que antes escuchaban se hacía cada vez más suave.
Estaban tan embelesados mirando las maravillosas botas brillando en lo alto, que no sintieron como la carpa se elevaba hacia el infinito llevándolos lejos de la ciudad de Sinfonía.

(Este cuento está inspirado en un maravilloso cuento de Rosalía de Castro) 
Lo publiqué en el blog hace varios años, pido disculpas a los que ya lo leyeron, pero es el hecho que no puedo leer todavía, así que tampoco escribo. 

sábado, 3 de marzo de 2012

LA VISITA


-Hola Marta… Soy tu vecina de enfrente. Veo que no hablas. Bueno, hablo yo… ¡¿Qué bien lo pasamos el primero de año verdad?!

La operación salió bien. Bueno, ahora te duele un poco y todos estos artilugios modernos son molestos pero ya te repondrás del todo.

Extraño un poco nuestros encuentros casuales. Sé que no soy buena vecina pues no me gusta hablar, yo más bien soy de escuchar. Pero hoy invertiremos eso así no te cansas.

Me encantaría que pronto estés en tu casa para seguir con nuestro plan de reunirnos a pintar juntas aunque sea una vez por semana. Piénsalo mientras te repones.

Mi idea es comenzar sencillo, saqué unas fotos de estos hermosos pimientos, huelen bien… ¿A ver si los sientes? Su textura es fuerte y brillan con un verde maravilloso que cada una conseguirá a su manera. No sé si hacerlos en acuarela, óleo o pastel. A mí se me da mejor el pastel, probaremos.

¿Oliste? Bueno, ahora como buena artista tócalo… No digas nada solo siente. ¿Viste que fuerza tienen? Ahora huele de nuevo. No solo son hermosos y olorosos, tienen un sabor exquisito, rotundo, dulzón…

No te preocupes, el pimiento sigue dándose, ya los probarás cuando mejores. Mientras imagina como los pintarás porque tenemos la foto para verlos.

Otra idea es esta: ¡Huele! ¿Te gusta verdad? Si… Es un jazmín. De los pequeños, blanco puro, con un botoncito duro en el centro. Este parece casi una rosita muy abierta, tiene muchos pétalos. ¿Te gusta el olor? Imagina como lucen varios en mi tacita de porcelana… Una preciosura para pintar, también los fotografié lo más estéticamente posible con uno caído en calor té pues ya se marchitó, para armar mejor el tema.

Si no te gusta, siempre tengo la foto de la planta madre que está llena de pimpollos y también la de un retoño que hice cuajado de ellos. Elegirás cual pintar.

Mmmm… La habitación tomó olor a jazmín que venció al pimiento ¿viste? Pero te falta tocarlo… Yo guío tu mano… Toca… Sé que lo sientes aunque estés dormida… Pétalos pequeños y textura sedosa. No es aterciopelada y son firmes ¿Viste? Toca… toca… ¿Podremos logras esa textura? Imagínala hasta que despiertes pues yo sé que me escuchas…

No sé en qué técnica lo haría, ya lo decidiremos.

Creo que me tendría que ir Marta… Lo último y me voy: Sé que te gusta cocinar pues siempre coincidimos en las compras y hablamos de la comida del día, tendremos que inventar algo con esta hermosa hierba… ¿Es menta? Nooo… Seguro reconociste el olor de la albahaca, planta noble donde la haya. Olor inconfundible. La dejé para lo último pues hubiera invadido las demás.

Tendríamos que pintar un tríptico de aromáticas. Toca las hojas ¿Sientes su textura, su forma? Se curvan hacia adentro, aunque en la planta se curvan hacia afuera, piensa… Es que ahora perdieron frescura pues hace calor. Tienen las nervaduras marcadas pero no destacan tanto pues no tienen el brillo de las del jazmín, además su textura es mucho más frágil. ¿Recuerdas cuando las picas para el pesto? Tengo que sacar fotos a la planta que está en plena floración. Florcitas blancas apiñadas que luego dejan sus valiosas semillas.

¿Qué te parece? Comenzarás primero por la comida o primero por la pintura? Bueno, primero te repones, ahora te falta despertar de tu sueño… luego decides…

No quise omitir detalle para que vayas pensando en el cuadro, la dimensión, la técnica a utilizar pues sé de tu sensibilidad para lograr obras hermosas hasta en mínimos detalles.

Ahora me voy. Yo te las dejo. A lo mejor me regañan y aunque las tiren tengo más. Tú ponte mejor. Hasta pronto vecina.

Te quiero… ¡A despertar y reponerse que tenemos trabajo por delante!

Chau.







 
 
 
 
 
 
 
 

miércoles, 15 de febrero de 2012

BUENA ES LA SARTÉN QUE RECONOCE EL PAÑAL

Inspirado en el refrán que dice: “Bueno es el sastre que reconoce el paño”
- No sé porqué me tienen que tocar estos trabajos a mi. Todo por esas propagandas que ponen por la tele y lo que es peor, es que voy a terminar en la basura y lleno de mierda y pis -
Así se quejaba Don Pañal en el pequeño rincón de la cocina. El televisor volvió a repetir sus recomendaciones: - Use pañales Popó descartables… En todos los tamaños… para niños y mayores. No escapará nada de lo que contenga. Fáciles de usar y con ajuste perfecto -
La imagen mostraba como cambiaban el pañal sucio que en un certero enceste volaba hacia el cubo de la basura - ¿Y entonces yo, que me achicharro todos los días con aceite hirviendo? - dijo una voz que venía de la mesada Don Pañal no había visto nunca ese artefacto y le preguntó:
- ¿Y vos quién sos? –
- Soy Fritanga, la sartén… - respondió con orgullo.
- ¿Y qué hacés? –
- No es lo que hago lo que me molesta, sino que todo se hace con aceite hirviendo y ya estoy cansada de achicharrarme –
-¿Pero también te ponen caca y pis?
- ¡Nooo! - dijo la sartén haciendo ver que su función era más importante. - Yo preparo la comida… Papas fritas, tortillas, pescados, milanesas, huevos fritos, croquetas, y muchas cosas más que come la gente. Mirá… ¿Ves? Eso es lo que hago… -
Don Pañal miró al televisor que mostraba una sartén reluciente sobre la potente llama del gas mientras un señor con gorro blanco y alto vertía un líquido verdoso en ella diciendo:
-“Olivol… el aceite de más calidad para todo tipo de fritos. Olivol… el aceite que no debe faltar en su cocina”- y mientras ponía papas cortadas en bastones en él, señalaba con un dedo una marca que ni Popó ni Fritanga sabían leer.
Llegó la dueña de casa con su niño en brazos así que los dos callaron, cada uno conciente de lo que tenía que hacer. Resignadamente don Pañal fue a parar al cambiador que había en la mesa. La mamá quitó el sucio, lavó el culito, le puso talco y se cumplió el destino: ya estaba Popó debajo de esa piel tan suave y oliendo ese rico perfume que pronto se transformaría en un olor diferente.
-¡Qué bonito que está mi bebeeé! ¡Ahora a comer! – dijo la mamá sentándose para dar de comer al pequeño que ubicó en una silla más alta.
Hoy le tocaba puré de zanahorias con zapallo, huevo duro picado e hígado rallado. Comía muy bien, y también tomaba un poco de jugo de naranja.
La sartén, boca abajo, pensaba en cuánta razón había tenido Popó en quejarse, ¡por lo menos ella seguía allí, acompañando a la familia!
Bebéee como lo llamaba la mamá terminó de comer y quedó en su silla golpeando con la cuchara en la mesa. La señora sacó las milanesas de la heladera.
Esta heladera era igual a la que don televisor mostraba todos los días como la mejor del mercado y a la que llamaba Friona con sistema Nofrost…
Fritanga siempre pensó que esto no era un mercado, que era una casa, pero como la tele dice cosas raras, no le hacía caso.
Llegó el papá. El nene se reía y hacía ruidos con la boca y con otra parte.
Doña Sartén todavía no había recibido el baño de aceite.
La mamá la puso sobre la hornalla, pero no la encendió, porque el marido le dijo:
- Me parece que se hizo caca –
- ¡Seguro! – dijo la mamá – ¡Recién comió…!
Otra vez el cambiador y otro pañal de la pila que había en el mueble. La tarea fue la misma, limpiar, entalcar y pañal limpio.
Popó fue al cubo de la basura sin tiempo a quejarse.
-¡Adiós amigo! – Dijo Fritanga bajito para que no la oyeran.
- Asccc… - Escuchó apenas la respuesta del pañal Popó…
Entonces el papá le dio a su señora una caja que ésta abrió con curiosidad. Ella le dio unos besos de esos que se dan los mayores cuando están contentos y sacó de la caja… ¡Tres sartenes de distinto tamaño..! ¡Cómo brillaban! ¡Y además traían tapas de cristal..!
El señor se acercó a doña Sartén diciendo:
-¡No quiero ver más esto! – y agarrándola por el mango la puso en el cubo de la basura, junto al pañal que olía a rayos.
- Bueno, parece que nos vamos juntos de esta casa - dijo Popó
- Puajjj… Fue lo único que pudo contestar Fritanga que no podía hablar, sacaba el mango afuera del tacho tratando de respirar aire puro, aunque se consolaba pensando que hoy no tendría que aguantar el calor del gas ni el aceite burbujeando en su viejo cuerpo.
Esa noche viajaron juntos Popó y Fritanga hacia rumbo desconocido. Él acostumbrado a los olores y ella sin saber si dejar el mango afuera o adentro puesto que en ese lugar todo era oscuro y maloliente.
¡Buen viaje amigos!

sábado, 16 de julio de 2011

CREATIVIDAD ANTE LOS PROBLEMAS


(Foto tomada de este blog que recomiendo)

Cuenta una antigua leyenda que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer.
En realidad el verdadero autor era una persona muy influyente del reino y por eso desde el primer momento se procuró un chivo expiatorio para encubrir al culpable.
El hombre fue llevado a juicio ya conociendo que tendría escasas o nulas oportunidades de escapar al terrible veredicto....¡la horca!
El Juez cuidó no obstante de dar todo el aspecto de un juicio justo por ello dijo al acusado:
"Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor vamos a dejar en manos de Él tu destino vamos a escribir en dos papeles separados las palabras culpable e inocente tú escogerás y será la mano del Dios la que decida tu destino".
Por supuesto el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: "CULPABLE" y la pobre víctima aún sin conocer los detalles se daba cuenta que el sistema propuesto era una trampa. No había escapatoria.
El Juez conminó al hombre a tomar uno de los papeles doblados.
Éste respiro profundamente, quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados y cuando la sala comenzaba ya a impacientarse abrió los ojos y con una extraña sonrisa tomo uno de los papeles y llevándolo a su boca lo engulló rápidamente.
Sorprendidos e indignados los presentes le reprocharon airadamente:
"¿Pero que hizo?, ¿y ahora? ¿Cómo vamos a saber el veredicto?".
"Es muy sencillo, respondió el hombre. Es cuestión de leer el papel que queda y sabremos lo que decía el que me tragué".
Con rezongos y enojo mal disimulado debieron liberar al acusado y jamás volvieron a molestarlo.

Sé creativo. Cuando todo parezca perdido, usa la imaginación.

"En los momentos de crisis solo la imaginación es mas importante que el conocimiento."

ALBERT EINSTEIN

jueves, 21 de mayo de 2009

UN DIA EN GRIS Y VERDE...

Ciudad, edificios, cuadrados rectangulares, altos, grises, apuntan al cielo azul.
Vuela una paloma gris.
En su pueblo las palomas son blancas.
Aquí ulular de sirenas.
En su pueblo lo despiertan las campanas.
La bandera roja azul y blanca ondula, sus estrellas son inamovibles, de día y de noche, con sol o con lluvia.
Es el símbolo del nuevo mundo.
Representa la prosperidad y el bienestar.
Pero es solo eso: una bandera.
La desolación invade su cuerpo.
Tiene frío.
Hoy es un día diferente.
Su mano se cierra sobre la apretada chaqueta y sobre el ruido de las tripas vacías.
La otra mano se aferra a la desnudez del arma, acerada, fría.
Hoy no va con el rebaño de desocupados, camina sobre el puente cargado de coches.
El agua no llega a reflejar su cara asomando por la maciza estructura metálica.
Mira hacia la ciudad que bajo la niebla parece más gris.
La bandera ondea indiferente.
Una paloma blanca pasa rasando cerca suyo.
La mira alejarse rumbo a su hogar.
Reflexiona, roza el arma, fría y gris como la ciudad de las estrellas.
La quita del bolsillo, la mira y cree escuchar sonido de campanas.
Su pensamiento se tiñe de esperanza y tirando el revólver que gira varias veces antes de caer en las oscuras aguas exclama:
- ¡Me vuelvo al pueblo! – y se encamina decidido hacia el verde.

domingo, 12 de abril de 2009

PERROS VAGABUNDOS

La lluvia y el viento son intensos. Los caminos del parque están casi desiertos, los bancos solitarios.
Delante de mí un hombre sube la cuesta con dificultad. Su aspecto es oscuro. Su ropa, su mano izquierda y su paraguas siguen una línea sin interrupción. Parece mayor. ¿Cómo será ese rostro? Lo imagino dulce y arrugado por el paso del tiempo.
El viento me empuja hacia atrás, me retiene. Desacelero el paso pues la cuesta es bastante pronunciada. Las intensas ráfagas mueven mi paraguas que oscila como un trompo invertido a punto de detenerse. Mientras me afirmo observo varios perros que pasan a mi lado; el último, desafiante y fuerte, mira mi paraguas con gesto amenazador. Su pelo liso y negro brilla como sus ojos fieros.
- Quieto.... no pasa nada...- digo - Me mira recio. Le sostengo la mirada, esbozo una sonrisa sin mostrar los dientes. Gira y sigue hacia arriba. Cada tanto se vuelve y nuestras miradas se enganchan, al fin se mete entre los árboles y desaparece...
Ya no llueve. Sacudo y ajusto el paraguas, las varillas están torcidas, lo fuerzo un poco. Los árboles del parque dejan caer sus gotas sobre mí. Ráfagas de viento los sacuden sin piedad. También retrasan mi avance. Tendría que volver, no siento el paisaje igual que siempre. Entre los setos diviso los perros que siguen trotando hacia su destino.
El viento azuza al viejo que delante de mí camina con paso vacilante. Cabeza y hombros bajo el negro hongo mojado. Parece agobiado. Después de una leve indecisión, se sienta. Paraguas, mano, persona y banco en completa unión. Su aspecto introvertido me conmueve. Algo despierta mi curiosidad, no sé que es. Llego al banco y en un arranque de solidaridad me siento a su lado. No veo su cara, su paraguas está ladeado. Mientras acomodo las varillas del mío hay gran agitación en lo arbustos. Oigo gruñidos amenazantes.
Es entonces cuando observo inquieta a mi vecino quien en ese momento descorre el negro telón que lo cubría. Veo su rostro. Es un rostro crispado. Ojos abiertos, vidriosos, fieros. En su mano derecha un revólver. Instintivamente me pongo de pie y retrocedo. Grita con voz amenazante, ronca, dura:
- ¡Quieta! - ¡El dinero! - ¡El bolso!
Un feroz gruñido me sobresalta tanto como su gesto y el arma. Desde atrás de los arbustos una cabeza brillante y negra se acerca veloz. Los blancos dientes en actitud de ataque. El negro cuerpo se precipita hacia el hombre del paraguas, que gira su arma hacia él. Un...
- ¡¡Noo!! - profundo sale de mi garganta, al tiempo que tiro el paraguas a la cabeza del rufián. El perro es rápido y la sorpresa hace que el arma caiga mientras se dispara. Giro sin mirar y corro, corro barranca abajo.
El viento me empuja haciendo más fácil el descenso. No miro atrás. Los ruidos se mezclan. Viento. Ladridos. Gritos. Aullidos. Salgo del parque. Cruzo la calle y entro rápido en la cafetería. Llamo a la policía desde mi teléfono. Mi respiración agitada no me permite hablar coherentemente. Describo la situación como puedo. El camarero solícito me quita el móvil de las manos y continúa explicando:
- Ella está bien... - Siii… Cafetería Plaza...
Llueve en la calle y en mis ojos. Espero con un sollozo sin sonido.
- En la calle Industrial… Frente al Parque Santa Margarita -
Un grupo de perros vagabundos sale del parque.
Le digo quedo al camarero
- El perro negro no está -

El camarero informa al policía:

- Dice que mató a su perro -
Yo lo recuerdo:
Negro.
Fiero.
Amigo.

Deseo que no esté muerto.

El viento arrecia.
La tarde llora.
Yo también.

martes, 23 de diciembre de 2008

EL VIEJO PARAGUAS

Lo cerró tratando de no mojarse. La lluvia era intensa, miró el cielo con ojos blandos. Entró en la estación. Quería llegar pronto a la casa de su infancia. Miró su billete, aún faltaba una hora para la salida.

Entró a la cafetería de la estación y dejó el chorreante paraguas en el paragüero.

Pidió un café con leche caliente y dos tostadas. El cristal empañado no dejaba ver hacia el exterior.

Se adentró en sí mismo rememorando el clásico olor de los desayunos de su niñez. El padre en una punta de la mesa, su hermano menor, él mismo con su pelo liso y reluciente, la madre solícita...

El camarero trajo lo pedido. No cabían las comparaciones, aunque también fue reconfortante beber ese café con leche. Pagó, salió, subió al autobús. Su pelo blanco y raleando se reflejaba en el cristal de la ventanilla.

Al llegar a su ciudad natal y bajo la llovizna implacable se acordó de su viejo paraguas. El también pasaría a ser parte de sus recuerdos.

sábado, 29 de noviembre de 2008

ELLA

ME ENCANTA MI NUEVO ASPECTO
Ella me miraba con ojos suplicantes, pero yo estaba decidido a seguir en mis trece.
Vaya - me dijo, - Creía que todavía sentías algo por mí -
Yo observé su boca húmeda y su naricita insinuante. En otros tiempos me desvivía por ella, pero diversos acontecimientos habían separado nuestras vidas.Volví a mirarla, lo hice con detenimiento, ella emitía un leve jadeo insinuante cerca de mi oreja.
No me produce nada – pensé - Realmente estoy seguro de mi decisión –
Ella insistía girando a mi alrededor, yo indiferente seguía mi camino, no pensaba parar, pero ella me seguía tratando de acompasar su ritmo al mío dando pequeños saltitos.Ya me estaba empezando a molestar, así que aceleré el paso.
Al fin había llegado. Me recibieron encantados, sabía que me esperaban.
Ella entró detrás de mí, supongo que también la esperaban. ¡Menuda coincidencia!
En realidad me fastidiaba un poco que entrara conmigo. Quería que ese día fuera inolvidable para mí. Era un paso trascendental en mi vida. Bueno tampoco era que me importara mucho, era una decisión normal en estos tiempos.
Me fastidió que la atendieran primero. Aún así seguía observándome con su mirada lánguida y turbadora. Al fin llegó mi turno.
Ella ya estaba en su sitio, sentada al calorcito para secarse.
Cuando terminaron conmigo, me sentaron a su lado. Mala suerte la mía. La miré con cierto resquemor. Me miró extrañada, creo que al fin empezaba a comprender. No me pesó. Al contrario me sentí muy bien como estaba. Puede ser que así comprendiera que ya no había nada entre nosotros.Hoy completaba mi transformación plenamente satisfecho.
Ella sentada a mi lado estaba confundida Ahora me miraba con asombro, su lengüita roja asomaba por la boca abierta, pero ya no acercó su leve jadeo a mi oreja.
¡Al fin lo había comprendido!
Desde hoy solo sería mi amiga si entendía que me podía aceptar tal como era.
Me miré al espejo satisfecho...

ME ENCANTA MI NUEVO ASPECTO....

domingo, 2 de noviembre de 2008

EL CABALLERO DE LAS BOTAS AZULES (inspirado en el maravilloso cuento de Rosalía de Castro del mismo nombre)

Llegó a la pequeña ciudad de Sinfonía una calurosa tarde del primer día de Agosto.
Las damas del lugar reunidas en la plaza de Do Mayor paseaban bajo los antiguos soportales luciendo peinados y vestidos acordes con las últimas tendencias de París o Londres. Sus niños magníficamente ataviados tenían modales tan rebuscados como los de sus madres que se encargaban de reforzarlos con miradas aprobatorias o no.
Los hombres sufrían bajo las camisas y chaquetas los efectos de las altas temperaturas secando el sudor de sus frentes con blanquísimos pañuelos sin intervenir en las recriminaciones maternas.
Los jóvenes y las muchachas sopesaban por el atuendo, actitud y gasto en las mesas que ocupaban ante sorbetes, helados o refrescos, el nivel económico de cada quien.
Pero desde que había llegado ese caballero de las extrañas botas, el ritmo de la ciudad había cambiado, ya no era la ciudad armoniosa de siempre.
Las muchachas se esmeraban en competir con tocados y joyas para seducir a ese apuesto joven que se alojaba en la fastuosa mansión, desocupada hasta entonces.
El duque - al fin se supo que lo era - llegó a la plaza caminando sobre sus relucientes botas, luciendo su estampa atildada pero sin afectación, saludando a diestra y siniestra con gran sonrisa. Él sabía que saludaba a la parte buena y mala de cada uno, por eso inclinaba dos veces la cabeza a la derecha y una a la izquierda.
Al instalarse en la mesa pidió agua tibia entregando un pergamino enrollado al lacayo que siempre lo acompañaba.
En la plaza de Do Mayor se hizo un profundo silencio al ver que el criado lo desplegaba y se disponía a leer.
Al entonar las palabras su voz fue brillante:

El que quiera concurrir
el día treinta a la mansión
a las diez debe asistir,
con suma puntualidad…

Un crescendo de agudos femeninos fue apagado por los golpes rítmicos que el Duque daba con el vaso en la mesa. Se hizo silencio y el criado prosiguió:

Puesto que habrá colación
se les ruega anticipar
cuántos han de concurrir
a esta inauguración.
Para ello una tarjeta
con su nombre entregarán
para ponerla en la mesa
que el Duque designará.

Entonces se escucharon diversas expresiones: brillantes, con misterio, con dolore, capriccioso, maestoso, flebile, patético, pomposo, con fuoco… Voces femeninas y masculinas, jóvenes y mayores, todos al unísono, fuerte o suave, moderato o alegre, vivace o andante, en acordes disminuídos o aumentados, modulando tonalidades que formaban un todo enarmónico.
Los cristales de negocios y casas acompañaban con trémolos y trinos ese fraseo incesante. Tal era la intensidad de los comentarios que nadie advirtió que el caballero de las botas azules se retiraba prestísimo de la plaza que lentamente fue quedando vacía.
Al día siguiente gran parte de los vecinos de Sinfonía acudieron al banco, otros al prestamista. Varios fueron a vender algunas pertenencias, todos para estar a la altura de tan importante invitación. Las mujeres no hablaban más que de lo que se pondrían, preocupándose muchísimo por el atuendo de las hijas casaderas. Las más adineradas viajaron a París o Londres a comprar telas y accesorios. (Danny Speas-1999)
En tanto, unos hombres consultaban a zapateros especializados a fin de conseguir unas botas iguales o por lo menos parecidas a las del duque, otros fueron con sus mujeres a Alemania y algunos viajaron a Italia por el original calzado. Fue inútil, ninguno pudo saber de qué material eran y como lograr ese color tan especial.
Hubo quien se coló en la mansión para averiguarlo, aunque no pudo llegar hasta el armario que guardaba el preciado secreto. Contaba, eso sí, que el lugar era de ensueño; las habitaciones tenían las paredes tapizadas de blanco con arabescos en rojo y oro. Los sillones y elementos eran rojos con detalles invertidos que hacían un efecto impactante.
Dijo que el jardín era inmenso con frescas glorietas donde se enredaban rosas de todo tipo, olor y color. Había además un gran lago artificial que se atravesaba por un puente cubierto de glicinas en flor que perfumaban el lugar.
Ese quien - panadero de Sinfonía - narró todo ello con lujo de detalles a los que estaban interesados no sin antes recibir una cierta cantidad “por su riesgosa osadía”. Una vez saciada la curiosidad y llena la caja convino con su mujer y sus hijas que emplearían lo ganado en renovar el local, la maquinaria y por ende los productos de su panadería.
La pequeña ciudad era todo preparativo, las modistas estaban atareadísimas, las señoras malhumoradas por los retrasos, los zapateros nunca habían hecho tantos pares de botas y de formas tan variadas, las peluqueras se afanaban transpirando al calor de planchas y planchitas para pelo en diversas pruebas de peinados y maquillajes. Así todos los negocios del lugar vieron un gran incremento en las ventas que supieron aprovechar muy bien.
Llegó el día treinta y en Sinfonía todos los habitantes del pueblo que se veían acicalados, emperifollados, enjoyados y calzados a la última acudieron puntuales a la mansión.
Cada uno ocupó la mesa con su nombre. Estas eran rojas como las sillas y la vajilla blanca tenía filetes de oro. Estaban ubicadas bajo una enormes stores de seda blanca que unidos en una alta punta formaban un pararrayos fosforescente. El piso del mismo color estaba unido a los laterales de la tela completando el decorado que los aislaba totalmente del exterior.
Todos elogiaron el detalle, por si hacía mal tiempo.
No se oía ningún ruido. Cuando todos estuvieron ubicados, sonó una hermosa música acorde al nombre de la ciudad. Enseguida se encendieron las luces hasta deslumbrar. Los convidados estaban expectantes y mudos. Entonces apareció el criado anunciando que el caballero de las botas azules había tenido un inconveniente y que se retrasaría un poco por lo que les rogaba lo disculparan. La gente asintió sin hablar.
Cuando había pasado otra hora algunos empezaron a quejarse suavemente por la descortesía del Duque. Las madres y las hijas pedían silencio a sus respectivos maridos y padres y contenían las ganas de probar los exquisitos manjares y bebidas que había sobre las mesas.
Pasó una hora más cuando el criado anunció a su señor que apareció sencillamente vestido con una gran caja en las manos. Venía sin calzar. Saludó sonriendo. La gente desconcertada no atinó siquiera a contestar. Con breves palabras agradeció su presencia y los invitó a comenzar con el festejo.
Las delicias atraían a todos pues había platos nunca vistos. Mientras tanto el duque abrió la caja extrayendo de ella las curiosas botas azules, las mostró a los concurrentes que las miraban maravillados pues brillaban más que nunca. Pasaba entre ellos sosteniéndolas en alto.
Cuando concluyó de mostrarlas las soltó y ante el asombro de todos, las botas revolotearon de mesa en mesa, evitando ser tocadas por los más ávidos. Luego comenzaron a elevarse lentamente hacia la parte más alta del curioso salón, hacia el pararrayos tan fosforescente como las propias botas.
Las cabezas hicieron lo mismo. La sinfonía que antes escuchaban se hacía cada vez más suave.
Estaban tan embelesados mirando las maravillosas botas brillando en lo alto, que no sintieron como la carpa se elevaba hacia el infinito llevándolos lejos de la ciudad de Sinfonía.

sábado, 26 de abril de 2008

EL REY NKONGOLO

La leyenda surgió de otras leyendas que entretejí recreándolas a mi manera...


SERPIENTE ARCO IRIS -Mural en la calle Spinstraat 199en Amsterdam - HolandaSu autor: PATRIES VAN ELSEN - Año 1999


El cielo se calmó. El sol asomado en alguna parte daba forma a un amplio Arco Iris. Era espectacular. Tanto en su largo como en su ancho desplegaba sus vistosos colores desde el fondo de las Cataratas de Tissitat hacia el cielo.Las abundantes lluvias aumentaron el caudal ocre del Nilo Azul, formando saltos espectaculares que la pequeña Minia miraba fascinada desde lo alto.
Estirada cuan larga era sobre la exuberante vegetación, Minia se dejaba invadir por el descomunal ruido sumergiéndose en el placer del espectáculo total con todos sus sentidos. Percibía los olores de las distintas especies de árboles y arbustos y también del agua cargada de sedimentos y minerales. Y aún así le hubiera gustado sumergirse hasta lo más profundo. “Sabía” que alguna vez estuvo allí y sentía deseos de volver al seno de esas aguas turbulentas.Llevaba el pelo brillante y negro en diminutas trenzas estiradas hacia atrás, su frente amplia formaba un óvalo perfecto hasta el mentón. Ojos nariz y boca, profundamente negros, eran exuberantes como la propia vegetación.
Observaba hipnotizada hacia la profundidad: el Tisoha (ó “humo de agua” como le llamaban los lugareños) lo invadía todo.Esperaba el gran momento, ella sabía que el misterio estaba en las aguas.
¿O tal vez en el Arco Iris?
Sus ojos fijos, muy abiertos, desafiaban la luz del sol sin cerrarse..
De pronto resonó un trueno poderoso que interrumpió su estatismo, el Arco Iris estalló en más colores deformándose, algo se enroscó en él que se estiró y se estiró en una larga cola que quedó sumergida en las aguas.
Era Chinawezi que resurgía.
La potencia de su cuerpo elevaba chorros que formaban infinitos Arco Iris. Minia quería agarrarlos y estiraba al máximo sus brazos que brillaban más que nunca con el vapor reinante.
Chinawezi reparando en ella comenzó a moverse en desordenado espiral, su potencia serpentina dejó libre al Arco iris y con la misma fuerza que había surgido de él elevó su cabeza al cielo desafiando al sol con sus ojos sin párpados.
Minia estiraba aún más su negro cuerpo. Sentía como Chinawezi la envolvía con húmeda suavidad. La estrujaba con la sabiduría y decisión de los anfibios.
Siete anillos la aprisionaban con firme levedad, siete divisiones de la creación que iban dejando sus huellas sobre el cuerpo de Minia que se estiraba y se estiraba tomando la misma serpentina forma de Chinawezi.
Los ojos de Minia también miraban fijamente al Sol; luego su ofidia cabeza se introdujo en el cielo, su cuerpo sinuoso mostraba sobre las escamas, el dibujo de siete brillantes anillos negros en perfecta simetría. Su larga cola se sumergió en las aguas tan estrepitosamente como lo hacía Chinawezi.
Ella misma era la gestora de múltiples Arco Iris sacudiendo con energía ancestral las aguas subterráneas.
Hubo un remolino de mutuo reconocimiento.
Luego todo se calmó.
La naturaleza recobró su ritmo. Las Cataratas del Tissitat seguían cayendo con la estrepitosa turbulencia de siempre.El ciclo se había cumplido y Minia volvía a sus orígenes.
Chinawezi poco a poco fue regresando a su raíz de serpiente cósmica, a fundirse nuevamente en los colores del Gran Arco que surgía de las profundidades hacia el cielo.
Entonces se produjo su renacimiento y volvió a ser el rey;
Nkongolo... El Rey Arco Iris.

jueves, 17 de abril de 2008

JAQUE AL JUEZ

- El juicio se pospone para Julio dos – dijo el Juez jurando mentalmente.

- “Este jactancioso no me joroba en un jueves” pensaba el jurista – “Justo en julio se

acaba su judicatura. Juraría que es una jugarreta para no juzgar a mi joven

defendido”.

Se acercó al Juez diciendo:

- El Sr. Juez olvida que no tendrá jurisprudencia el jueves dos de julio –

El juez fue justo y dijo digiriendo un juramento:

- El jurado se reunirá el jueves 25 para este juicio –

José Jumento, el acusado, se jactaba jubiloso diciendo por lo bajo:

- Jaque al Juez. -

martes, 8 de abril de 2008

COMO LA VIDA MISMA

ÉL:

No puedo decir que ella haya sido mala, al contrario aún recuerdo sus amorosas manos sobre mí, limpiando mis heridas, acariciándome con esos dedos a veces suaves y a veces enérgicos, pero siempre decididos rápidos que me incitaban a buscar más y más en mis entrañas para devolverle tanto cariño. Lo que no me gustó es que la despedida haya sido tan inesperada pero la comprendo, sus urgencias son mayores que las mías, estos últimos tiempos no estuve a su nivel de exigencia. Fue duro lo de mi enfermedad creo que eso la decidió a buscar otros rumbos. Siempre añoraré su cara frente a la mía, su boca con un mohín de concentración, de alegría, de interés, de arrobamiento o de sorpresa. Sé que siente lo que le digo porque nos unieron muchas cosas bellas, locas, disparatadas, tristes, un sin fin de recorridos por la vida y por el mundo donde los dos dimos mucho aprendiendo, indagando, disfrutando y buscando. Nuestra unión fue maravillosa hasta que duró. Espero que sea feliz, que la suerte la acompañe y que encuentre lo que busca.

ELLA:

No puedo decir que él haya sido malo, al contrario siempre admiré su paciencia, aguantando algunas salidas fuertes frente a su pasividad al contestarme o al desaparecer inesperadamente, aunque siempre volvía paciente y solícito a todo lo que yo necesitara. Me siento un poco ingrata al haberlo dejado ir sin más, fue mucho lo que me brindó, lo que me enseñó, lo que me acompañó en horas y horas especialmente cuando estaba desvelada siempre a mi lado, fiel y compañero, un enamorado inconmovible. Siento que no me porté muy bien con él pues ahora que estaba enfermo, que necesitaba mi compañía, lo he dejado solo. Existe la posibilidad de que otras manos lo ayuden y recorran pero por ahora está solo. Nuestra unión fue maravillosa hasta que duró. Espero que sea feliz, que la suerte lo acompañe y que encuentre una persona que lo estimule, acaricie y que extraiga todo lo bueno que siempre habrá en él.

EL OTRO:

Me encuentro frente a ella, es rápida, inquisitiva, inexperta para lo que yo puedo dar, pero ya le enseñaré lo que debe hacer. Se la ve dispuesta a intentar cosas nuevas, me hace sentir inseguro, parece mentira que con mi gran capacidad y experiencia, me haga sentir así, de acá para allá, yendo y viniendo para satisfacer sus deseos. Acierta con mi forma de hacer las cosas pero cuando se equivoca me mira con ojos tan abiertos e interesados que me estremece, su boca se aprieta en vez de abrirse, aunque cuando ve lo que quiero y encuentra lo que desea sonríe feliz. Sus dedos son increíbles, dan órdenes rápidas, ligeras, seguras y entonces me pongo a su nivel y respondo, compruebo que lo mío le gusta aunque me desconozca y sigue probando con sus manos ágiles al ver que sigo sus impulsos que por supuesto son los míos. Espero que sea feliz, que la suerte nos acompañe y encuentre en mí todo lo que busca y necesite.

ELLA:
Confieso que me siento un poco ingrata al no haberme despedido de mi "ex compañero" correctamente, fue todo tan inesperado que no me dio tiempo. Pero las decisiones a veces se toman así, rápida e intempestivamente, por eso es que te confieso que me apabulla un poco tenerte delante de mí. Te doy la bienvenida a mi vida. Sé que no sabré cómo motivarte para hacer lo que digo, que no sabrás muy bien como responder a mis reclamos, pero estoy segura de que haremos buena pareja, a tu lado aprenderé formas nuevas y juntos recorreremos lugares que yo no conocía. Estoy segura que tendré que aprender otra manera de expresarme y que me enseñarás pacientemente. Haré todo lo posible para estar a tu altura. Por de pronto te diré que me gusta mucho tu aspecto, me encanta la rapidez con que vas y vienes, con que respondes a todo lo que te pido, aunque yo dude un poco, no por timidez si no porque te confieso que me intimidas con toda tu sapiencia. Espero que seas feliz conmigo, que la suerte nos acompañe y juntos encontremos lo que buscamos y necesitamos.

martes, 11 de marzo de 2008

EL "ARENISMO" (Visiones)


Hacía horas que el anciano remaba inútilmente. La fuerza de la corriente era superior a la suya. Se había aventurado más allá de sus límites al ver flotando ese pequeño cuerpo que ahora dormía profundamente en el fondo de la barca. Era un niño de unos diez años, muy delgado, de tez negra. Lo recogió rendido y hambriento ya sin fuerzas para seguir nadando. Ahora dormía respirando con dificultad.

A pesar de haberlo cubierto con su chaqueta se notaba un pequeño temblor en su cuerpo. A ratos, le daba de beber de su cantimplora, pocas gotas, que esos labios gruesos y resecos sorbían levemente. Cada tanto, el negrito abría los ojos mirando con desesperación a su alrededor. Él trataba de calmarlo, aunque también estaba inquieto, pues la inmensidad del mar no le dejaba ver el puerto de su aldea.

La niebla que caía sobre el mar los fue invadiendo y lentamente la noche se cerró sobre ellos. Guardó cuidadosamente los elementos de pesca, ajustó los remos atándolos con la soga de amarre, y se dispuso a dormir. El niño negro parecía formar parte del paisaje . Al rodearlo con sus brazos, tuvo la impresión de abrazar la noche. Estremeciéndose lamentó no haber traído más abrigo. El cielo se había despejado y la luna, apenas creciente, rolaba en el mar en su nocturna danza. Infinitos pozos oscuros rodeaban las estrellas. No supo si se durmió mirándolas o porque ellas lo miraban a él.

Llegaba el día y la luz del amanecer producía destellos luminosos en la superficie. A lo lejos, solo el horizonte rosado presagiaba un hermoso día de sol. El anciano lamentó no haber puesto más provisiones, buscó la botella, bebió un pequeño sorbo de agua y mojó los labios del niño que se despertó confortado por el descanso y el calor del abrazo nocturno. Sólo se oía el ruido del agua.
El viejo preguntó su nombre, él sólo respondió:

- "Soy del reino de las Dunas"

Desplegaron la caña poniendo en el pequeño anzuelo largas lombrices.
El negrito dijo:

- "Tengo mucha hambre" -

El viejo le alcanzó la botella que ya estaba en mínimos. Mientras, expertamente lanzó la línea que hendía el aire con silbido de látigo y caía al mar. Estuvieron así varias horas. El agua se había terminado. El viejo juntaba fuerzas, también tenía sed... y hambre.. Ahora era él el que se estremecía por momentos. Ante ellos sólo el cielo y el sol.

Juntó un poco de agua en la botella con la esperanza de que al asentarse perdiera parte del salitre. Lo empezó a invadir un gran sopor, le dijo al niño lo que debía hacer si se dormía. El negrito remaba débilmente hacia el norte, lugar donde se suponía que encontrarían la playa.

El viejo pescador despertó. Sus ojos extraviados tenían una extraña luz febril. Recogió el sedal. Vio un pez muy brillante colgando del anzuelo. Cuando lo quiso recoger, el pez se desvaneció en el aire. Sus manos delirantes se cerraban sobre sí mismas. Así una y otra vez. El niño miraba sin comprender esas maniobras desesperadas apretando el vacío. Asombrado, asustado y apenado, le dijo que lo haría él. Intercambiaron elementos, el viejo parecía ido. Con sus manos toscas y monótono gesto agarró los remos, repetiendo como en una letanía....

-"No los dejes ir.." "No los dejes ir.."

El muchacho tiró nuevamente la línea esperando el pique, pero no sucedía nada mientras el pescador con el torso y la cabeza vencidos, aferrado a los remos se adormecía susurrando:

-"..No los dejes ir...No los dejes ir.."

Pasó el tiempo. Medida de tiempo sin medida. Sólo el sonido del agua al chocar bajo la barca. Los remos, atados por el niño, flotaban mostrando las vetas ajadas por el tiempo, tiempo sólo definible por el paseo semicircular del sol que con su llegada al cenit, desparramaba brillo y color en verdes, malvas, rosados, azules y amarillos. Resplandecientes, brillantes... brillantes... brillantes...
El niño hipnotizado miraba fijamente el agua, ola tras ola, gota tras gota, sal sobre sal. Sus ojos veían la textura de la arena... Infinitos granos y más granos de interminable arena....
Entonces comenzó a gritar:

-"..¡ Arena..!¡Arena..!"

Despertó el viejo, al tiempo que escuchaba el cuerpo tirarse al agua. Al darse vuelta, vio al niño de espaldas, chapoteando con desesperados gestos, mientras seguía gritando:

-"!Arena... Arena..!

Tenía la mirada fija, el contraste del rostro negro con el blanco de los ojos desorbitados, lo impresionaba. Le costó convencerlo de que subiera a la canoa. Ésta se bamboleaba peligrosamente. Al fin lo arrastró, chorreante y jadeando. Cayó dentro de la canoa en éxtasis, desparramando los fétidos gusanos que el niño veía como infinitas hormigas y que en su delirio, quería pisotear con fuerza inusual para su estado.

El viejo lo abrazó fuerte, hasta lograr que se calmara. Así quedó inmóvil tirado sobre el fondo mojado de la barca. Esta se fue estabilizando como meciéndolos en una cariñosa cuna.

Cada tanto se oía el susurro del negrito:
-
"...Arenaaa...Arennaaa...."

El pescador en un último intento pone varios gusanos destrozados en el anzuelo y eleva su mirada implorante al cielo.
Ahora es él quien aprecia los verdes, rosas, amarillos, blancos, azules, todos los colores y matices del mar, del cielo, resplandecientes bajo la luz del sol.
Tira la línea lo más lejos posible. El sonido del mar se convierte en un silencio aplastante, imponente y lo envuelve en la atrapante magia de la naturaleza.

La caña oscila, el niño despierta al escuchar su roce sobre la madera de la barca. Se miran. La sostienen esperanzados. Mano sobre mano, negro sobre blanco, blanco sobre negro.

Recogen el anzuelo. Asombrados y desfallecientes, ven un pez que trata de zafarse de su cautiverio. Brilla al sol, una chorreante estela de agua cae de su cola al mar. Lo recogen con seguridad y delicadeza. El pez es real.
Los rostros expresan alegría, desesperación, ansiedad. La presa está atrapada, sólo queda distribuirla entre los dos. El viejo lo limpia con su navaja y el mar recoge los despojos, aunque le preocupa el hecho de que esos restos puedan atraer algún pez contra el que no se puedan defender.
Devoran más que comen esa carne salada y suave,mastican incluso algunas espinas. Luego el pescador vuelve a su caña. Aún hay unas pocas lombrices, deshechas y malolientes, pone algunas en el anzuelo, posiblemente pique otro...
El negro empuña los remos con renovada energía. Se oye el sonido rítmico al penetrar en el agua. Se ve la pequeña estela del decidido avance. Cruje la madera en cada movimiento.
El niño grita:

-!"Arena, Arena..! ¡Las Dunas!"

Su grito es ronco, estentóreo. Hay agitación en el bote, que se bambolea a cada salto del niño. El desaliento invade al anciano que gira su cansado y encorvado torso mientras piensa:

-“No delirio otra vez...Nooo...”

El brazo color ébano señala firme hacia lejanas aves marinas revoloteando como cometas sobre raras embarcaciones alargadas. Hay puntos móviles color oscuro en rutinaria tarea pesquera.

Mientras el niño y la barca se agitan en alegre bailoteo, el viejo divisa con asombro como dibujadas en el cielo azul, lejanas dunas que no conoce.

Rosa Favale 12-12-02

sábado, 12 de enero de 2008

LA CIUDAD...

Ciudad. Edificios cuadrados. Rectangulares. Grises apuntan al cielo azul.

Vuela una paloma gris.
En su pueblo las palomas son blancas.
Aquí ulular de sirenas.
En su pueblo lo despiertan las campanas. La bandera roja azul y blanca ondula. Sus estrellas son inamovibles de día y de noche, con sol o con lluvia.
Es el símbolo del nuevo mundo.
Representa la prosperidad y el bienestar.
Pero es solo eso: una bandera.

La desolación invade su cuerpo en forma de frío.
Hoy es un día diferente. Tiembla.
Su mano se cierra sobre la apretada chaqueta y sobre el ruido de las tripas vacías.
La otra mano se aferra a la desnudez del arma, acerada, fría.
Hoy no va con el rebaño de desocupados, camina sobre el puente cargado de coches blancos, azules, rojos, metalizados, apiñados, veloces.
El agua no llega a reflejar su cara asomando por la maciza estructura metálica.
Mira hacia la ciudad que parece más gris.
La bandera ondea indiferente.

Al fin es solo eso: una bandera
El revolver también es frío, hiere antes de herir, lastima antes de gatillar.
En el aire palomas y gaviotas grises.
Los autos aminoran, el tráfico se congestiona. La gente gesticula
Es la hora, el arma pesa y sus tripas se siguen retorciendo.
Lo sobresalta una paloma blanca que vuela rasante sobre su cabeza.
Ciudad. Edificios cuadrados. Rectangulares. Grises apuntan al cielo azul. Hoy no va con el rebaño de desocupados, piensa.

Hoy soy libre.

¿Libre para qué?

Mira hacia la ciudad que le parece menos gris.

La bandera ondea indiferente.

La lucidez vuelve.
De pronto su pensamiento se tiñe de esperanza.

- ¡Regreso a mi pueblo! – dice tirando el arma hacia el agua que no alcanza a reflejar su cara. Gira rápidamente y se encamina decidido hacia el verde.

domingo, 6 de enero de 2008

LA CASA MISTERIOSA

Es una pintura de E. Munch

Era más amplia que las pocas que se veían por el lugar. Destacaba inquietante por su techo negro y la tupida enredadera roja adherida a sus paredes. Desde lejos parecía como si chorreara sangre. Caía la tarde y el sol poniente acentuaba esa impresión.El camino llegaba hasta el lateral donde había una ventana desvencijada bastante amplia y dos más pequeñas hacia el final. El sendero torcía a la derecha haciéndose más angosto y desparejo, luego giraba hacia la izquierda donde estaba la puerta de entrada. A dos o tres metros un alto muro cortaba el sendero. La casa quedaba aislada así por el lateral contrario.Yo iba a lo que iba: investigar, así que subí los tres escalones que conducían a la puerta desvencijada. A pesar de mi decisión por averiguar qué había dentro, me costó traspasar el umbral. Pisé algo blando: era la hiedra que se extendía como una alfombra. Entraba algo de luz por las ranuras de las ventanas iluminando levemente el amplio salón. Solo había a un lado de la chimenea, una pequeña mesa y un sillón. Cuando acostumbré la vista a la oscuridad observé asombrado que la enredadera los cubría. Entre las ramas unos ojos me miraban como queriendo expresar algo. Al apartar las hojas quedé clavado en el. sitio. Era una persona muerta.Reaccionando apenas me dirigí hacia el pasillo. En el final del largo corredor había más luz. Venciendo el horror caminé hacia la claridad. Antes de llegar había un cuarto a la izquierda y otro a la derecha. No resistí la tentación de empujar la puerta entreabierta de este lado. La vieja madera crujió tambaleándose. La sostuve acomodándola. Al igual que en el salón, pero aún más tupido, el piso estaba cubierto por la enredadera roja que también subía por la cama. Las ramas aprisionaban lo que parecía ser el cuerpo de un niño. Sentí ganas de vomitar. Espantado y pisando esa maraña de hojas salí del cuarto sin querer ver más.La curiosidad nos lleva a situaciones en las que no se piensa, esa era la causa de estar allí, pura curiosidad. Por eso, a pesar de la repulsión, el impulso de mirar hacia el cuarto de la izquierda fue mayor.Deshaciéndome de las ramas que se enganchaban en mis pies me asomé a lo que era una biblioteca repleta de libros descoloridos y cubiertos de polvo. Los dos primeros estantes, al igual que las patas del escritorio, estaban como teñidos de rojo; era la hiedra adherida a ellos. Fue cuando reparé en lo que parecía un hombre dándome la espalda. Estaba como momificado, con manos, brazos y piernas aprisionados a la silla por la extraña enredadera. Me apoyé en el marco de la puerta horrorizado. Ahora sentía un olor nauseabundo emanando de todos los rincones. Un espasmo me recorrió. Vomité Las hojas rojas absorbieron el repugnante contenido de mi estómago.Apoyado en el marco de la puerta recordé lo que decían sobre la casa misteriosa. Contaban que se oían desgarradores gritos, a lo que la policía respondía que solo era una casa abandonada. Nadie dijo que hubiera muertos allí.Tambaleante me dirigí hacia el final del corredor. La enredadera era cada vez más densa. Tenía que esforzarme por dar cada paso. Mientras, pensaba que informaría a las autoridades para que dieran sepultura a esas desgraciadas personas. Lamenté no haber traído la cámara de fotos. Yo era el único que se había atrevido a desvelar el misterio de esa casa. Pronto sería famoso y mi nombre saldría en todos los periódicos.Al final estaba el baño. La luz entraba por la ventana rota, y también la enredadera que cubría parte del lavabo y los grifos. Las hojas eran de un rojo más intenso, casi cautivante. Era un granate acentuado al que la luz del atardecer daba extraño brillo . Pensé en darme vuelta para salir de allí lo más pronto posible, pero me quedé inmóvil delante del espejo cubierto de polvo. Pasé la mano por él. Veía apenas mi rostro pálido y desencajado, con los ojos extraviados. El horror de lo visto estaba grabado en ellos.Aparté las ramas del grifo para limpiar mi boca que tenía un regusto repugnante. No salía agua. Me dolían los pies y tenía calambres en las piernas. Limpié de nuevo el espejo que devolvió más nítida mi imagen. No era conciente de que una fuerza extraña me atraía hacia el piso. Caí sobre el colchón de hojas enmarañadas. Fue cuando vi que la hiedra aprisionaba mis tobillos y subía hacia las rodillas. Intenté incorporarme para deshacerme de ella, pero las ramas ya llegaban a mi cintura No pude liberar las manos, cuantos más esfuerzos hacía más se enroscaban sus peludos tallos en mi brazos. Casi podía sentir mis ojos saliéndose de las órbitas. La respiración agitada ya no podía salir libremente. Tenía el pecho aprisionado. Desesperado estallé en un grito desgarrador que resonó en múltiples ecos en toda la casa. Mi boca se abría más y más queriendo respirar a medida que el dolor de las extremidades se hacía insoportable. Grité nuevamente. Solo emití un leve chillido .Las ramas habían llegado a mi garganta.

UNA PELÍCULA ARGENTINA PARA VER

 https://www.instagram.com/reel/DSQj3VTjjX0/ CABALLOS SALVAJES Excelente película con la actuación de HÉCTOR ALTERIO.      Poco para decir q...