La juerga terminó.
Copas y fazos, naipes y mentiras.
Chistes repetidos y escaramuzas fallidas.
Mujeres y más mentiras.
Vuelvo un poco bajoneado a casa, es como si no quisiera llegar.
Apresuro mis pasos.
El eco en el empedrado los multiplica como si otros pasos me siguieran.
Abro la puerta.
Al subir las escaleras su hueco sonido a madera gastada y despintada parece más profundo.
No cuento los escalones, sé que son ochenta.
Llego a la puerta de mi cuarto justo cuando se apaga la luz automática.
Abro y escucho el característico ruido de los goznes.
El silencio me pesa tanto que parece que hubiera ruidos.
Entro.
Veo la casa desprolija. La siento como ajena, aunque mía…
El espejo de la entrada refleja una imagen trasnochada, casi triste.
Observo mi rostro como si fuera la primera vez.
Como si las máscaras hubieran caído una a una veo ironía y displicencia.
Sigo enfrentándome a mí mismo con el juicio descarnado del que llega al final.
El silencio lo invade todo, solo combinan sus tonos los silbidos de mi respiración que marcan el ritmo impuesto por mis pulmones fumadores.
Hasta el sombrero ladeado exagera su gesto acentuando la expresión agobiada que quiso ser irónica.
Al mirar alrededor, un desorden gris, desdibujado como mi vida, exacerba mi soledad.
Vuelvo la cara hacia el espejo, quiero sonreír y no puedo, no tengo más expresiones para utilizar.
Un gesto de sobresalto y de dolor me devuelve las sensaciones.
¡Sigo en el mundo de los humanos!
Mi cuerpo sale de su abulia y en un pequeño amago de movimiento se tensa.
Mi pecho estático aspira, profundo.
Se acentúa el silbido en mis pulmones.
El sombrero se desliza hacia el suelo como por un tobogán.
El reflejo rápido hace que mi mano se abra con bronca dejando caer el cigarrillo que quema mis dedos.
El pie, con su ritual acostumbrado, lo tritura lenta, fuerte, parsimoniosamente.
Me miro nuevamente en el espejo…
Se acabaron las mentiras.
Ahora hay una máscara de dolor en mi rostro...
La literatura es imaginarse o querer averiguar lo que está al otro lado: más allá del umbral de la habitación, detrás de la puerta entornada que nuestra mano empujará o de la puerta cerrada con una llave que tal vez nos estará prohibido buscar; al otro lado de un río, detrás de una silueta azul de montañas...
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miércoles, 27 de abril de 2011
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